Orlando Araujo nació en Calderas (estado Barinas, Venezuela) el 14 de agosto de 1928 y murió en Caracas el 15 de septiembre de 1987. Ensayista, cuentista, periodista. Graduado en Letras y Economía, ejerció la docencia en las Facultades de Economía y Humanidades de la Universidad Central de Venezuela, donde fue Director de la Escuela de Letras. Fue Premio Nacional de Literatura en 1975; Primer Premio en el Concurso de Ensayos de la Universidad del Zulia con La palabra estéril; Primer Premio en el Concurso de Cuentos de El Nacional en 1968, entre otros. Entre sus obras: Lengua y creación literaria en la obra de Rómulo Gallegos (1955), Operación Puerto Rico sobre Venezuela (1967), Venezuela Violenta (1968), Situación industrial de Venezuela (1969), Compañero de Viaje (1970), Contrapunteo de la Vida y de la Muerte (1974), 7 Cuentos (1978), En Letra Roja. La violencia literaria y social en Venezuela (1974), Los viajes de Miguel Vicente Pata Caliente (1979), Crónicas de Caña y Muerte (1982), Mis canciones ya viejas (1985), El Niño y el Caballo (1987).

DE CARTAS A SEBASTIÁN PARA QUE NO ME OLVIDE (Caracas, Alianza Gráfica Editorial, 1988)

Un amigo

Un amigo es el refugio de los miedos que sentimos noche y día, alguien que te mira sonriendo cuando tú lo hieres.
Un amigo te levanta cuando caes y no espera saber que te has caído. Es como si de pronto estás muy sólo y alguien te llama para decirte que lo esperes.
Un amigo es el guante de tu corazón cuando hace frío, el bolsillo donde guardas las cosas que no muestras, el abrigo contra la lluvia del odio, un pararrayos aun cuando no haya tempestad, y una tempestad si en la calma te atormentan.
Un amigo es el espejo donde tú eres él, no apagues esa luz y no le falles en cualquier oscuridad.

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El patio de la abuela

La abuela es pobre y no tiene mucha cosa, pero tiene. Tiene el aire que juega debajo de la mata de mango y los frutos de mejillas de oro con que regala a los niños más negritos del mundo.
-Señora, permiso
-¿Qué quieres?
-Un mango
-Entra, pero no me dejes las conchas en el patio.
Los árboles rodean la casa de la abuela, vienen sembrados desde el río y se inclinan con la brisa del atardecer, huelen las tejas lentamente adormecidos y van sabiendo de cada uno de nosotros; las acacias tienen la timidez de una pestaña y los helechos extienden un pálpito de manos sobre la redondez del aire. Un lagartijo aquí muy cerca hace el amor con una lagartija. Los dos son verdes, pero rojos. Y se muerden el cuello y refriegan temblorosamente contrapunteados por el sol del mediodía. Resuellan y se aman. Y se separan como si no se conocieran.
El patio de la abuela es un camino de piedras con ojeras. Y es la abuela, tan alta y extendida. Tan sonriente que parece que siempre amaneciera en cada una de las palabras que brotan desde el patio, como flores. Uno se va durmiendo poco a poco debajo de la piel de la abuela, en el patio de su manera que quererlo a uno.
Tiene todo lo que una abuela quiere tener:
Un patio, un árbol, una silla, un nieto y una flor. Por dentro tiene añales y caminos y cuentos de nunca contar. Se le ve en los ojos.

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La libertad

El azulejo es un pájaro de mañanita que tiene el corazón azul. No tiene jaulas, sino el viento y las ramas.
Había una vez un azulejo preso y se murió sin brisa.
Había una vez otro y otro y otros azulejos. Por eso las montañas son azules cuando las ves de lejos, en las mañanas de tus viajes.
-“Déjame ver adónde vamos” –dijo el azulejo, y voló por todo el mundo. El mundo es una palmera de azulejos que aletean y pintan de azul los cielos de la vida.
Azulejo es un azul de lejos. Libertad es un azul de pueblos sin jaulas ni jauleros.

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El caballo de Bolívar

Bolívar jamás tuvo un caballo: tiene un pueblo.
Uno tenía y era del color del trigo y se lo regaló a José Martí.
Cuando murió Martí se lo regaló a un argentino y el argentino a un chileno y el chileno a un jinete que venía de Nicaragua y el jinete de Nicaragua no lo desensilló: Bolívar cabalga todavía.