Desde hace algún tiempo escribo unos textos que he ido reuniendo en algo llamado Diccionario interior. Allí está «Concierto». Lo escribí pensando en un amigo uruguayo-maracucho-venezolano que tuve la fortuna de conocer. Igual a su esposa Elsa. Y a los dos hijos que nacieron y vi crecer en esta tierra del sol amada. Eran buenas las tardes de conversar y tomar mate y oír música. Del amigo siempre me impresionó su exuberante dulzura en un cuerpo tan grande, un poco torpe y desaliñado (como él mismo decía). Hace unos días llegó la noticia triste del Uruguay. Esa que uno no quiere escuchar, ni saber… Carlos se fue inmensamente dulce y se nos quedó en el corazón.
CONCIERTO
(a Carlos Haverli)
Hay unos hombres instrumentando el amarillo. En líneas negras, los sonidos de un loco de más allá del tiempo, entretienen el silencio. Una caja al frente le da carácter al sonido de la cuerda: melodía, entre mano y pasado, memoria y tiempo.
Un hombre inmenso, con un traje negro, de cola, sube las escaleras. Perdido en sus manos, un violín. Y uno no sabe cómo es posible tanta belleza entre algo tan pequeño y unas manos tan grandes, estranguladoras. Con movimientos fuertes y enfáticos, el violín se estremece; sin embargo está el encuentro: ¡Delicadeza!












