Salvador Garmendia nació en Barquisimeto, Venezuela, el 11 de junio de 1920; murió en Caracas el 13 de mayo de 2001. Cuentista y novelista. Perteneció a los grupos literarios «Sardio» y «Tabla Redonda». Trabajó en la Universidad de los Andes como Director del Departamento de Publicaciones, donde dirigió la revista Actual. Autor de trabajos para televisión y guionista de radio y cine. Fue director de la Revista Imagen Latinoamericana, del Instituto Nacional de Cultura de Caracas. Premio Nacional de Literatura (narrativa) en 1973. Premio del Concurso Internacional de Cuento ‘Juan Rulfo’ (París, 1989) con el cuento Tan desnuda como una piedra. Entre sus obras: Los pequeños seres (1959); Los habitantes (1961); La mala vida (1968); Los pies de barro (1973); Memorias de Altagracia (1973); Difuntos, extraños y volátiles (1970); Cuentos cómicos (1991).

De No es el espejo (Bogotá, Editorial Alfaguara, 2002)

«Pasado inverso»

Encontré a un hombre un día que venía haciendo el camino de vuelta.
Sucedía de la manera más natural, sólo que en ambos lados del camino no había nada visible; el paisaje era una hoja de papel en blanco o sólo el vapor incoloro que se despega del papel cuando se le mira fijamente.
El hombre caminaba en dirección a mí, por el lado izquierdo del camino.
La claridad del aire me permitió distinguir muy bien a una persona… ¿corriente? Bueno, su andar parecía revelar algo de prisa (yo también suelo acelerar más de la cuenta, con mi andar chaplinesco que es una marca de familia), más él no parecía demostrar ansiedad en la carrera sino pura aceleración mecánica.
Su edad podía ser de cuarenta años. Pelo lacio, frente despejada, estatura mediana. No usaba barba, pero comprendí fácilmente que era porque no le había llegado la hora de dejársela. Vestía sin muchos miramientos; sólo con el mínimo permisible para andar en la calle.
Mientras venía, supe que no me estaba permitido detenerme para esperarlo ni tampoco abandonar mi carril y pasarme a su lado.
Esto acabó por convencerme de que no todo era tan natural como hubiera querido, porque no teníamos valla divisoria en el medio; no era como en los carriles mecánicos de los aeropuertos, donde los pasajeros nos cruzamos conducidos por encima de tiempos paralelos que no nos obedecen. Aquí, el suelo que pisamos no se mueve. Es un camino terrenal, seguro.
Miro las puntas de sus pies y digo que éste también tiene andar de pato; pero ya estamos casi a tiempo de coincidir en el trayecto, cuando de repente siento que la fisonomía del otro está principiando a arder encima de la mía con la sensación de un sarpullido, como si mi sangre circulara junto con la suya y me transmitiera su ardor natural. Porque esa cara que viene hacia mí es mi cara de los cuarenta años; la misma que he dejado atrás hace bastante tiempo, y cada uno de esos rasgos fue mío, anduvo conmigo delatándome, y ahora veo que sólo las cuencas de los ojos parecen vacías, como en ciertas estatuas. Es un ciego.
Dos pasos más y nuestros perfiles se emparejarán por un segundo; sólo que la otra figura ha empezado a perder espesor; me da la impresión de que está haciendo esfuerzos por doblarse en varios pliegues y quedar convertida en un cuadrado, archivarse, dejar de ser…
Con angustia me pregunto quién soy. En cuál de estos lados, de ida o de regreso, me encuentro.
Pero ya el otro, o lo que fuera, ha pasado a mi lado, lo he perdido y ahora sólo tengo por delante el camino de ida atravesándome como un solo sonido.
Ya sé que es una nota única. Nunca ha habido otro lado.

De Los escondites (Caracas, Monte Ávila Editores, 1972)

«La mirada»

Un hombre encuentra a una mujer por la calle, la toma, la lleva de inmediato a su casa y una vez allí la desnuda completamente y se dedica a contemplarla. La situación es simple: ella de pie, a cuatro pasos del hombre que la mira desde un viejo sillón de cuero, la mirada dentro de un círculo perfecto, sólo perturbado por los reflejos de algunos objetos laterales que apenas colorean el aire. La mirada sin pausas, limpiamente como sólo puede hacerlo el ojo frío y destructor de los sueños. Al poco rato, la mujer comienza a desmantelarse. Caen los senos, los brazos desgajados se desprenden y todas las protuberancias se deslían, teniendo como centro el foso imantado del vientre.
Cuando delante de él no hay más que aire y luz del día, el hombre oye en su cabeza el zumbido de cien años de vida. Cierra los ojos y piensa que dormirá hasta que lo despierten.