I
Crónica etimológicamente (Corominas, 1991) viene del latín chrŏnĭca, ‘libros de cronología, crónicas’; éste a su vez viene del griego en donde significa ‘lo concerniente al tiempo, al pasado’; aparece documentado (o sea escrito) por primera vez, en lo que hoy conocemos como español o castellano, hacia 1275. El DRAE (1992 y 2001) la define como una palabra de género femenino que significa «libros en que se refieren los sucesos por orden de tiempo. Historia en que se observa el orden de los tiempos ║ 2. Artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad». Cronista es el «autor de una crónica, o el que tiene por oficio escribirla ║ 2. Empleo de cronista». En las dos definiciones, y hay otras, las claves parecen tiempo referido al pasado y entonces historia, orden, libro, y escritura.

II
En las claves el asunto es palabra, pero palabra de papel, palabra de libro. Un alfabeto es el resultado de un largo proceso que descompuso las palabras en sus sonidos simples y los representó de formas diversas. Herodoto y Plinio el Viejo suponían que en Fenicia (una franja de tierra en lo que hoy conocemos como Siria y Líbano, mirando el Mediterráneo) se creó el alfabeto, consistiendo su sistema en 22 signos cuyas combinaciones expresaban todas las modulaciones del lenguaje (‘alfabeto’ viene de la combinación del nombre de dos letras fenicias: ‘álef’ que significa vaca y ‘bet’ que significa casa). Alfabetos y sistemas de escritura, manos con algún instrumento obedeciendo al cerebro que las dirige y reproduciendo un orden preestablecido, tanto para las palabras como para las ideas y las interpretaciones. Un alfabeto es un número pequeño y limitado de letras que son capaces, al combinarse según reglas preestablecidas, de producir infinitas formas y agrupamientos que conocemos como palabras, como signos. Se desarrollaron a través del tiempo (siempre el tiempo) diversidad de alfabetos, diversidad de lenguas escritas, cada vez más precisas, con toda una serie de reglas para su uso.

Si se mira hacia atrás, pocos, muy pocos, eran los usuarios de ese invento humano para la palabra. Lentamente, y en manos de una minoría en cada una de las lenguas con alfabeto (las menos), la escritura construye una cultura escrita siempre cercana al poder, cualquiera que éste fuese. Piedras, papiros, pergaminos, arcilla, madera, son materiales para la escritura. Viene a mi memoria la imagen de un monje (o de varios), encerrado en su monasterio, inclinado sobre una mesa en donde el papel es el protagonista y él su instrumento, reproduciendo día tras día libros antiguos, palabras antiguas con historias antiguas, e iluminándolos con dibujos representativos del imaginario de su tiempo; mientras, fuera del monasterio, de los monasterios, millones de seres humanos ignorantes de la escritura, imposibilitados para ella porque así lo establecía el poder, hablaban y vivían sus vidas construyendo su historia.

La escritura, más bien el poder que la usa y de la cual se nutre (cualquiera sea éste: político, religioso, económico, social), construye lentamente la idea de que ella, únicamente ella, es el conocimiento, la verdad acerca del mundo. Reverencia entonces, la escritura crea su propia forma, sus ideas, sus reglas: filosofía, ciencia, literatura, historia, leyes escritas, las máquinas y toda la tecnología que hoy conocemos son producto, en gran medida, de la tecnología llamada alfabeto. Escritura también como lugar de la autoridad, y autoridad como verdad, como registro de la verdad acerca del acontecer humano, de los hechos y sucesos, para la pervivencia de los productos humanos. Fuera de ella, fuera de la escritura, lo que hay es leyenda, cuento, mito, relato, chiste, sueño, imaginación.

Fue en China (período de los Song, 960-1279) donde se inventó la imprenta al usarse tipos móviles de madera para reproducir la grafía; hacia 1045 Pi Sheng fabricó caracteres de arcilla sometida al fuego y con moldes de metal, usando poco después tipos móviles hechos de estaño, madera, bronce y otros materiales. Pero la Historia (había escrito esta palabra con minúscula, pero el programa de la computadora señaló con una línea quebrada y verde al artículo que la precede, señal de un error sintáctico; al cambiarla a mayúscula la línea verde desapareció. ¿Sería sólo un error sintáctico, o una manera de concebir el mundo?)... Repito, la historia, la occidental, nos dice que fue Gutenberg en Alemania entre 1440 y 1450. Suponemos lo que pasó: los viajes comerciales, religiosos, diplomáticos o de conquista (distintos nombres quizá para lo mismo), permitieron a los europeos conocer el invento chino e inventar el suyo. Occidente, Europa en ese momento, inventa su imprenta; es el Renacimiento, y lo que era un dominio reservado para unos pocos, en ese transcurrir lento de las revoluciones permanentes, comienza a dejar de serlo. El tiempo, y en este caso su reducción, es un aliado de la mayoría de los seres humanos que todavía esperarán unos siglos para acceder a la escritura y dependiendo del país que se trate.

En América es México (1539) el primer país que tendrá imprenta. La imprenta, y en consecuencia los libros, la palabra escrita, son en la historia de América Latina una aventura clandestina por la oposición de las metrópolis, que por supuesto preferían enviar los libros impresos antes que permitir que nuestros países los imprimieran. Hay historias de libros cuya entrada a nuestro continente constituye una proeza, una desobediencia al poder colonial y metropolitano, el germen para el inicio de guerras de independencia, y la confirmación de que otras ideas sobre el mundo son posibles y necesarias para la relación entre los seres humanos.

Durante cinco siglos la popularización y el acceso a la escritura proporcionado por la imprenta, y todos los ulteriores inventos relacionados con la tecnología del alfabeto, han hecho a la escritura parte esencial de todos los procesos humanos trascendentes. Símbolo de independencia, la escritura es sentida como libertad, como poder, como diferencia, como jerarquía, como conocimiento, como sueño e imaginación, como historia, como el lugar para la memoria humana. Como el lugar para la verificación de los hechos y, en consecuencia, el lugar para lo humano.

III
Sabemos o suponemos que el origen de las sociedades humanas tiene su fundamento en la intercomunicación a través del lenguaje. Y este lenguaje era exclusivamente oral. Costumbres, comportamientos, tradiciones, sueños, historias, acuerdos, normas, pensamiento, eran dominios exclusivamente orales. Y durante milenios fue así. Sigue siendo así en diversas culturas humanas que no tienen alfabeto y por lo tanto sin escritura. Independientemente de la escritura, la oralidad sigue siendo la puerta de entrada a la sociedad para cada uno de los seres humanos en cada cultura. El inicio en el mundo, desde el vientre materno, es oralidad, sonido, discriminación lenta y sucesiva para comprender cada sentido, cada objeto del mundo. Juego entonces, la palabra repite sonidos como cuando «Me han dicho que he dicho un dicho/ y ese dicho no lo he dicho yo. Porque si yo lo hubiera dicho/estaría muy bien dicho/por haberlo dicho yo.». O propone adivinanzas, o cuentos de nunca acabar, o retahílas, o cantares.

En las culturas orales las palabras son hechos o acontecimientos proferidos por el ser humano, sostenidos en el sonido y transmitidos por el aire desde una evocación o una llamada a la memoria. Las palabras no tienen presencia visual, aunque la provocan a la imaginación de quien las oye y de quien las produce. Acuerdo sostenido de sentidos de una generación a otra perviviendo en la memoria, en la idea de la palabra.

En la oralidad, en las culturas orales, hay dos propósitos fundamentales en relación con la palabra: almacenar información y entretener al oyente o a los oyentes. Por lo tanto el asunto está en el lenguaje que se usa para almacenar información en la memoria; este lenguaje debe ser rítmico y además debe ser narrativizado. Esto consiste en describir acciones realizadas por alguien y no conceptos. Como cuando Alfonso Ruiz (maracucho y gaitero) a mi pregunta de cómo aprendió música si nunca la estudió me respondió:

«…que yo tejo, yo tejo eso es que la tejo, tejo la música haciendo la letra; yo tejo la música. Yo te canto eso... eso lo eso ya es conocido canté mucho, pero yo le pongo una letra que yo ahorita sé y... a lo que hablan cualquier cosa ya se me olvida, entonces pura bulla no la sé, me la pongo a buscar y no, pero... que yo digo por ejemplo una palabra, por ejemplo, yo, yo quiero decir... vamos a ver... ya vamos a ver... vení paca jovencito...» (Vega, 1998:60).

Las estructuras rítmicas están sostenidas en formas métricas como la décima, la copla, la cuarteta, el romance, y todas aquellas formas conocidas en el arte métrica en lengua española como ‘arte menor’. El aprendizaje, la sabiduría, en las culturas orales se da a través del entrenamiento al acompañar al que sabe; siendo discípulo; escuchando; repitiendo lo que se oye; dominando los proverbios y los decires y sus combinaciones; aprendiendo los elementos que constituyen fórmulas; y participando en la memoria colectiva (Ong, 1987:18).

La palabra da poder sobre las cosas, las hace cercanas y propias, las hace conocidas, las hace. Y las hace, en la oralidad, en el sentido de lo memorable: retener lo memorable para traerlo a la memoria y repetirlo incansable siguiendo pautas precisas para la repetición oral. Con temas comunes, como la gaita, el Lago, el héroe que se sobrepone a todas las dificultades, las peleas, dichos y refranes que vienen a la mente con facilidad y son escuchados por todos y por lo tanto conocidos. Repeticiones y antítesis y expresiones calificativas, alteraciones que permiten sostener la memoria oral y repetirla.

La oralidad está allí, dentro de nosotros y a nuestro alrededor, siempre dispuesta a decirse, a contarse emocionada y con pasión en cada uno de nosotros, en cada esquina, cada calle, en cada casa o plaza. Dispuesta a decir su memoria de los hechos, porque ella misma es un hecho, un acontecimiento que de tan cotidiano casi perdemos de vista. O de oído para decir mejor. Escuchar es un ejercicio para la memoria de la casa, de la calle, del pueblo, de la ciudad, de un país que se recuerde a sí mismo en su memoria.

Este lugar, el primero, del conocimiento humano que es la oralidad fue enfrentado con la escritura, ocupando ésta última el lugar de aquélla. Desde hace algunos años, a partir de los años sesenta (s. XX), se comenzó a revalorizar la oralidad como lugar del conocimiento humano, de diversidad de saberes cuya naturaleza más profunda es formar parte del cuerpo mismo de los seres humanos de cualquier cultura. Desde entonces, los diversos estudios y propuestas acerca de lo oral se han multiplicado en distintas disciplinas, incluso desde el estudio de las culturas escritas, porque la oralidad y la escritura están en «…una relación de tensión creativa recíproca, que tiene a la vez una dimensión histórica, por cuanto las sociedades con cultura escrita han surgido de tradición oral...» (Havelock, 1998:25).

IV
La historia es bastante larga y enrevesada desde que López de Gomara (1979) nos explicara:

«Díjose Venezuela porque está edificada dentro de agua y sobre peña llana, y en un lago que llaman Maracaibo, y los españoles, Nuestra Señora... En Maracaibo hay casas sobre postes de agua, que pasan barcos por debajo; allí aprendió Francisco Marín a curar con humo, soplos y bramidos.».

Mucho, pero mucho tiempo después (aunque quien sabe) alguien escribió que

«…en algún lugar de la costa caribe de Colombia yo vi a un hombre rezar una oración secreta frente a una vaca que tenía gusanos en la oreja, y vi caer los gusanos muertos mientras transcurría la oración. Aquel hombre aseguraba que podía hacer la misma cura a distancia, siempre que le hicieran la descripción del animal y le indicaran el lugar en que se encontraba.» (García Márquez, 1984:177).

Y también: «En 15 años podría convertirse el Lago de Maracaibo en agua dulce» (Ignacio De La Cruz, El Nacional, 30-9-1960).

Este Lago, tan distinto de Venecia y tan lejano, da nombre a nuestro país por el asombro en boca de Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Américo Vespucio un 24 de agosto de 1499. Desde entonces vivimos con él o contra él, según se mire; desde entonces el Lago de Maracaibo es parte de nuestro imaginario y de nuestra vida cotidiana. Y de muchos documentos oficiales, y de muchos proyectos, y de mucho petróleo y cada vez menos pescadores, de la curvina y el buche para la cola. Y de la tablita de La Chinita.

Una parte de nuestra historia, la de Latinoamérica, comienza con el asombro del conquistador, denominando o inventando lo que no conoce. Y lo escribe. Y lo denomina ‘crónica’. Entendemos que la crónica es historia, y además muy cercana a la palabra hablada, a la palabra viva y despierta del acontecimiento cotidiano pero asombroso, o puesto a serlo porque no se comprende lo que se ve o porque se le da un toque de narratividad a lo escrito contando las acciones memorables (sería interesante preguntarle a un arquitecto cómo haría hoy esos ‘postes de agua’ que según López de Gomara sostenían algunas casas en Maracaibo).
A través de la historia tratamos de comprender lo que sucede, los cambios y trastornos de nuestra vida cotidiana, de la historia de todos los días. A través de la historia intentamos comprender el sistema social, económico y político en el que vivimos, y cómo ciertos hechos, o fuerzas, o conflictos influyeron y siguen influyendo en este hoy que vivimos.

La historia como búsqueda consiste en seguir el rastro y como averiguación conduce a la verdad o a presentar algo como verdad. Y en esa historia escrita de nuestro país tengo la sensación de que hay acontecimientos, sucesos o hechos que se ocultan, quedando para el olvido, para que no sean memoria del tiempo, para que no sean historia.

Dice E.H. Carr (1970), refiriendo a B. Croce, que la historia se puede ver como selección de hechos; que toda la historia es, en cierto modo, historia contemporánea ya que consiste en ver el pasado con los ojos del presente y, en consecuencia, a partir de los problemas actuales; señala, además que no es recoger datos la tarea del historiador, sino valorar para saber qué debe ser recogido por los datos. Se trata, de cierta manera, de ‘elegir’, de practicar una manera de ‘recoger’ los hechos.

En ese triunfo de siglos de la escritura sobre la oralidad está claro que el lugar para elegir o seleccionar los hechos, que el lugar de la verificación o verdad de los hechos o acontecimientos memorables, está en la escritura: documentos oficiales o privados, cartas, libros, leyes, normas, son los lugares de los hechos como expresión del poder. Y en nuestro país la historia, la escrita, pareciera ser una sucesión de hombres empeñados en el poder y sin saber muy bien para qué.

Pensar en una historia oral, supone aceptar que nuestra cultura no es enteramente escrita, por lo menos no para la mayoría (una amiga me dijo hace un tiempo que en nuestro país algunos nos estábamos convirtiendo o pareciendo a esos monjes medievales por el dominio, cada vez más exclusivo, de la palabra escrita; no es desconocido que el analfabetismo ha crecido en los últimos años, y que el analfabetismo funcional pareciera ser materia obligatoria en nuestras escuelas). Pensar en una historia oral supone también entender que coexiste una historia oral con la historia escrita.

Los métodos de la historia oral pueden ampliar y perfeccionar la forma en que entendemos nuestra historia, al buscar y grabar la memoria oral de cada generación, con la finalidad de ampliar el espectro de los hechos o acontecimientos memorables y sus valoraciones. Se trata de darle sentido social a quien participa con su memoria en la reconstrucción y valoración de los hechos, desde la familia, la escuela, la calle, el barrio, el sector, el municipio; o los distintos oficios o actividades humanas productivas; o los cuentos e imaginaciones diversas con que el lenguaje divierte a los seres humanos.

Intuyo, sé, que hay otra historia, perdida, dispersa, contándose en las riberas de este Lago, o transitando por él. Una historia patria, una historia del Zulia y de su Lago está escondida en la memoria de los viejos, en sus cuentos y formas rítmicas ancestrales, en sus costumbres lacustres, en sus palabras y conversaciones de todos los días, en la vida de la gente corriente, esa que no sale en los libros de historia, para escribir y contar la historia de la gente de a pie. Estaríamos frente a una historia que recrearía la diversidad de puntos de vista mucho más allá que la de las fuentes escritas.

Entender, investigar y escribir esa historia oral le daría al historiador la posibilidad de ampliar las perspectivas elegibles en cuanto a la valoración de los hechos; y a la gente, a la que desarrolla su vida y sus sueños en el mundo de la oralidad, a la que hace la historia todos los días y la padece y la celebra y la sueña, otro sentido de historia a través de sus propias palabras. Un lugar para reconocerse y sentirse partícipe.

Bibliografía

• Carr, E.H. (1970) ¿Qué es la historia?. Barcelona, Editorial Seix Barral.

• Corominas, Joan (1992) Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid, Editorial Gredos.

• De La Cruz, Ignacio, En 15 años podría convertirse el Lago de Maracaibo en agua dulce. El Nacional, 30-9-1960.

• García Márquez, Gabriel, en Cultura y creación intelectual en América Latina (1984) Coordinador Pablo González Casanova. México, Siglo XXI Editores.

• Havelock, Erick, en Cultura escrita y oralidad (1998) Compiladores Olson, D. y Torrance N.. Barcelona, Editorial Gedisa.

• López de Gomara, Francisco (1979), Historia general de las Indias y vida de Hernán Cortés. Caracas, Biblioteca Ayacucho.

• Ong, Walter (1987) Oralidad y escritura. México, Fondo de Cultura Económica.

• Vega, Berta (1998) Poética del Empedrao. Maracaibo, Escuela de Letras. LUZ.

(Ensayo leído en el Encuentro de Cronistas del Lago. Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt. Comisión V Centenario del Lago de Maracaibo. Los Puertos de Altagracia, estado Zulia, julio de 1999).