para Amanda UV,
«mi niña»
Andaba detrás de las palabras y entre búsqueda y azar conseguí, en el montón de libros en oferta de una librería, una novela cuyo título era Esta maldita lujuria. El autor, Antonio Elio Brailovsky, escritor argentino y para más señas nacido en Buenos Aires. El título lo suficientemente sugestivo como para tomarlo entre las manos y leer la contratapa y la solapa. Resultaba que esta novela publicada en 1992 había obtenido el Premio Casa de las Américas y hasta el propio Fidel Castro se preguntó «¿por qué la lujuria habría de ser maldita?».
Con la lujuria pasa que tiene muy mala fama. Palabra que viene del latín luxurĭa, es sustantivo femenino, y significa «Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales. ║2. Exceso o demasía en algunas cosas» (DRAE, 2001). María Moliner en el Diccionario de uso del español (1992) pone como primera acepción «Lascivia. Deseo sexual exagerado o vicioso», y como segunda «*Abundancia o *exceso de algunas cosas. Solamente es usual aplicado a la vegetación.». Lascivia es la cualidad de lascivo, que viene del latín lascivus que significa juguetón, pero en español «Se aplica a la persona habitual y exageradamente dominada por el deseo *sexual y que lo demuestra en sus palabras, gestos, etc., así como a esos gestos o a esas palabras.» (Moliner, 1992). Y vicio es defecto, falta, mala costumbre, frondosidad excesiva de las plantas, «placer censurable o del que se hace uso con exceso» (Moliner, 1992).
El asunto, como casi siempre, está en quién determina qué cosa es «vicio», o quién juega, con quién, qué juego. El poder religioso lo estableció hace bastante tiempo, y de variadas maneras, poniéndole límites a la conducta humana respectiva, sobre todo a las conductas relacionadas con el placer (pienso en esos jardines, totalmente planificados, ordenados, recortados: tan faltos de lujuria). Todo aquello fuera de los límites marcados por la ordenación de las conductas humanas constituye un exceso, y la lujuria es el exceso en lo sexual-sensual. Se trata entonces del control de los sentidos, del control de la percepción humana. Lujuria es porque alguien, o algo, establece que una conducta humana lo sea. Disposición de los sentidos, entonces, y disposición es disponer, es decidir. Control de los sentidos y de la creación cultural derivada de la organización sociocultural.
Cuando comencé a leer la novela quedé atrapada en ese siglo XVIII de la América de la conquista española, la de la colonización, la de la búsqueda de los oros, las platas, las piedras preciosas y cuanta imaginería propia de pícaros, aventureros y soñadores pueda haberse inventado desde el siglo XV. Casi podríamos decir que la conquista y la colonización es la búsqueda del exceso tal como es entendida en la Europa de esos siglos: todo el oro y las piedras preciosas, todas las especias, toda la tierra, todos los animales, las plantas. Para el conquistador y para el colonizador todo en América Latina es excesivo: los ríos, las montañas, las plantas, las distancias, los vientos (el personaje Ambrosio de Lara cuenta en su extensa carta que hay en América animales que hablan, aunque ningún español los ha oído nunca; él piensa que es para que no los tengan como personas porque si no tendrían que pagar impuestos y trabajar. Él sabe, además, de unos loros que son los responsables de que no haya secretos de alcoba en América, pero no sólo cuentan lo que ven sino que inventan mucho de lo que dicen). Cuando se maldice la lujuria se maldice en realidad el exceso, y América Latina es «otro» exceso (Esta maldita lujuria). Se maldice porque no se entiende, porque es casi imposible controlarla, entenderla, ya que excede la visión de mundo europea. Y es que exceso es «lo que pasa más allá de la medida o regla», lo que traspasa los límites de lo ordinario y lo lícito (DRAE, 2001).
Con respecto a esta idea de América Latina como exceso, César Aira (2005) pone en boca de uno de sus personajes la misma idea. Duval, un ingeniero francés contratado por el gobierno para hacer trabajos en la frontera, marcha hacia su destino en una caravana de convictos custodiada por el ejército. Le asombra el clima, el desierto, la gente, los animales; llega a pensar que los bueyes que llevaban las carretas «…también eran monstruosos, demasiado cilíndricos y con las cabezas pequeñas como la serpiente.» (Aira, 2005:18). Todo es excesivo, todo lo reconocible no lo es porque se sale de los límites conocidos en su cultura. Pero va más allá cuando piensa que «Por supuesto, habría sobrellevado con gusto estas excentricidades del nuevo continente, si se hubiera visto en compañía menos inquietante…» (Aira, 2005:18). Aquí la idea de lo excesivo como lo que traspasa los límites de lo ordinario y lo lícito se expresa a través de excéntrico, lo cual le añade otra significación. Excéntrico viene del latín centrum donde significa «pierna fija del compás entorno a la cual se fija la otra, comparada con un aguijón; de ahí, después, el punto donde se clava esta pierna» (Corominas). Por lo cual excéntrico es lo que está fuera del centro o que tiene un centro diferente, y también lo raro, lo extravagante (DRAE, 2001). Para el personaje de la novela de César Aira el ‘nuevo’ continente es lo raro, lo que está fuera del centro, por eso es excesivo, excéntrico, por eso es la periferia. Lo que traspasa los límites conocidos del mundo conocido (Europa) es excesivo y está fuera del centro. En el ‘nuevo’ continente los conceptos y las palabras conocidas no bastan para describirlo, y es que la realidad no se acopla a las palabras, al discurso de los vencedores. Es un mundo, en consecuencia, lujurioso, excesivo, excéntrico, periférico. América Latina será la periferia, lo bárbaro, y lo será para el centro autodenominado civilizado, porque no puede explicarlo, porque no puede entenderlo, porque en el mejor de los casos no puede controlarlo. Por eso lo maldice.
Sobre ese exceso dice García Márquez que la realidad latinoamericana no cabe en el idioma, y que las palabras son insuficientes, por lo cual el problema mayor para los artistas de esta parte del mundo es «…hacer creíble su realidad…Toda nuestra historia, desde el descubrimiento, se ha distinguido por la dificultad de hacerla creer.» (1984:174-175). Así que la realidad, termina diciendo García Márquez, es mejor escritor que los escritores mismos (para muestra un «incidente» reciente de nuestra historia nacional: la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia de agosto de 2002 en donde se decidió que el 12 de abril de 2002 no hubo golpe de estado en Venezuela, sino «un vacío de poder», que un grupo de personas «preñados de buenas intenciones» pretendieron llenar cuando pasaban por allí). Y es que lujuria parece ser exceso de imaginación en América Latina. Pero la imaginación no hace, si seguimos la idea de García Márquez, sino seguir, o por lo menos pretenderlo, a la realidad.
Pronto en la lectura de Esta maldita lujuria aparece Carmen de Patagones, que no es como pudiera parecer nombre de mujer sino de lugar. Habla desde el inicio de la novela y a través de una larga carta, contando sus aventuras y desventuras y dirigiéndose al Virrey, quien al final firma: Ambrosio de Lara, armero de la Villa de Carmen de Patagones. Se describe a sí mismo como ‘un hombre del común’ y le solicita al Virrey que escuche su voz porque «…la verdad está en las voces de los comunes que no pretenden títulos ni honores, sino que los hechos se sepan tal cual fueron.» (Brailovsky, 1992:13). Ambrosio de Lara, el personaje, describe Carmen de Patagones como el último lugar del mundo, cuya tierra árida y reseca barrida por el viento no deja crecer casi ni la hierba.
Seguí leyendo la novela, entre otras lecturas, cuando en una de esas visitas a la red de Internet volví a conseguirme con Carmen de Patagones. Allí encontré un artículo de una cineasta palestina. Contaba su viaje por el Sur de América del Sur, después de presentar su película. Su llegada a la Patagonia; su encuentro con amigos y lugareños de pueblos, o más bien poblados, perdidos en la inmensidad de un paisaje en donde la vista se cansa de tanta lejanía. El ruido del viento y el frío componían un paisaje imponente, sólo aliviado por la calidez de la gente que lo puebla, siempre presta para ofrecer un vaso de vino, una comida, abrigo y una buena conversación. Un detalle llamó su atención: por los diferentes poblados por los que pasó se encontró con grupos formados por tres personas que ella (palestina al fin) reconoció como judíos israelíes; observó que los grupos siempre estaban compuestos por dos hombres y una mujer; además, por la forma en que iban vestidos, por la forma de caminar y desplazarse sospechó que eran soldados del ejercito israelí o que lo habían sido. La frecuencia de sus encuentros fue tal que se atrevió a preguntarle a algunos de los lugareños. Le iban contando, por donde iba pasando, la misma historia: que eran soldados israelíes que pretendían viajar de incógnito, pero ellos se habían dado cuenta de quienes eran; que eran patrullas siempre formadas por tres integrantes, dos hombres y una mujer, explorando la Patagonia y sus riquezas, y quien sabe qué más, desde hacía algún tiempo; que no se mezclaban con nadie y que mucha gente ni siquiera les hablaba. En uno de esos lugares de su viaje entre el mar de tierra y el Río Negro, una de esas patrullas la reconoció, habían visto su última película y querían hablar con ella; la invitaron a acompañarlos con cierta insistencia, pero ella no aceptó porque le pareció sospechoso tanto afán. Justo era Carmen de Patagones, y allí uno de los lugareños le advirtió que tuviera cuidado con esa gente que viajaba de incógnito y haciendo quién sabe qué por toda la Patagonia desde hacía algún tiempo.
La tercera vez que me encontré con Carmen de Patagones fue en mi lugar de trabajo. Salía con una compañera y al llegar al estacionamiento nos dimos cuenta de que uno de los cauchos de su carro estaba vacío. Cuando miré hacia mi derecha en busca del vigilante para que nos ayudara a poner el de repuesto, el vidrio trasero del carro de al lado me atrapó: una calcomanía ocupaba el centro del vidrio y simplemente decía ‘Carmen de Patagones’. Ni paisaje ni nada, simplemente el diseño de unas letras en verde y azul, que componían un nombre para decir, casi gritándome, Carmen de Patagones. Salté del asombro y dije algunas de esas palabras que están casi en el origen del idioma. Pensé que o yo perseguía a Carmen de Patagones o que, más bien, ella me perseguí a mí. Porque a ver: ¿qué hacía en el estacionamiento de la facultad un carro con esa calcomanía?; ¿qué hacía un carro con esa calcomanía del nombre de un lugar tan lejos, en Maracaibo?. Además, sólo el azar me hizo ver esa calcomanía: si el carro de mi amiga no hubiera tenido un caucho vacío justo al lado del otro con la calcomanía, pues no la hubiera visto y la persecución, de cualquiera a cualquiera o como sea, no hubiera sido entendida o interpretada por mí como tal.
Sigo la lectura y aparece «Hijos de papel». Es el nombre de uno de los capítulos de la novela. Es también, como le cuenta el personaje Ambrosio de Lara al Virrey, lo que decía su madre que se sacaba de América,
«Porque tú los crías, y apenas se vienen mozos, pues un día se te van para América y de ellos no te queda nada, apenas esas cartas que no sirven más que para reforzar la ausencia. Porque los hijos son ese sobre, señor Virrey, que llega cada dos o tres o veinte años…» (Brailovsky, 1992:65).
La metáfora me estalló en la cara. Hijos de papel son las cartas que Ambrosio envía a su madre, allá lejos cruzando el mar, tan lejos que pueden tardar dos, tres o veinte años en llegar, metidas en unos sobres y estos en unas alforjas a lomos de caballo, cuyo recorrido es el de la soledad, la lejanía y el olvido. El personaje describe con precisión el largo camino de esos hijos de papel: desde Carmen de Patagones a ‘Buenos-Ayres’; de allí el hijo de papel se embarca en las fragatas que van hacia el Caribe para trasbordar a uno de los galeones que viajará hasta Cádiz; y de nuevo sobre un caballo recorrerá España de sur a norte para llegar a Galicia, a un pueblo cualquiera de esa región donde un pregonero dirá en alta voz que hay una carta de Ambrosio de Lara y que pasen a recogerla. Por las montañas y las colinas seguirán las voces anunciando al hijo de papel, la carta que ha llegado de América. Después comienza la búsqueda de alguien que sepa leer, y todo el pueblo a las puertas de la casa de la madre de Ambrosio escuchará silenciosamente la lectura en voz alta y a la luz de un candil, de la palabra lejana de uno de los suyos. La lectura se hará una y otra vez, hasta que todo el pueblo pueda saber para memorizar y así recordar las palabras del que se fue para buscar las tierras que el rey les iba a dar y que les fueron negadas en España, porque esas, como dice el poeta, ya tenían dueño. Las de aquí también.
Las cartas que no llegaron (2002) se ocultaba bajo otros libros. Las manos la trajeron ante mis ojos, como siempre en esto de los hallazgos. El escritor es Mauricio Rosencof, uruguayo. Me llamó la atención la portada: es un fragmento de «La mujer de la cara azul», de Chagall. Casi siempre los personajes de este pintor flotan en el límite impuesto por el lienzo, aunque por momentos pareciera que saldrán de allí estallando de color y dando cuenta de movimientos aparentemente imposibles en la realidad, pero que me sugieren los movimientos interiores del pensamiento. Y muchas historias, muchos cuentos de infancia. La dedicatoria pulsó mi decisión y me lo llevé. Mientras iba en el taxi de vuelta a la casa pensaba en ese abuelo que escribe un libro y que lo llama ‘Estas palabras’, para una nieta, ‘hijita de la hija y de todas estas sangres’, pero sobre todo se lo dedica para ‘su naciente memoria’. Estaba atrapada.
Como siempre varios libros ocupaban mi atención (entre otros Esta maldita lujuria), pero este imán de las palabras me impide ese orden (otro) en el cual un libro sucede a otro en la lectura y así uno tras otro, perfectamente acabado, concluido en la lectura, como en una especie de suma diferenciadora, de fila perfectamente ordenada, de sucesión. Como si un libro empezara y terminara cuando empieza y termina. Si fuera así sería un todo acabado y concluido. Cada uno de ellos no tendría relación con los otros. Porque un libro son las ideas, los sueños, los inventos de la imaginación, las representaciones de la realidad (cualquiera que ésta sea), los simulacros…, sostenidos, contenidos, desbordados en las palabras, con mayor o menor acierto según el lector. Un libro tiene sentido cuando es la evocación de otros libros, de otras palabras, en una red que suponemos eterna si consideramos al ser humano y sus creaciones socioculturales como infinitas en el tiempo. Un libro está vivo porque sus palabras tienen relación con las palabras de los otros, porque las ideas, lo que piensa, está en relación con los otros libros en una especie de mestizaje mágico. Un libro está vivo cuando, como dice Borges, un lector lo abre, y en la lectura comparte sus palabras con las palabras del libro. Y las ideas, y los sueños, y las representaciones de la realidad, o sus figuraciones. Un libro son todos los libros, o por lo menos su posibilidad.
Iba en el carro y de la dedicatoria pasé a la narración de esas memorias de Mauricio Rosencof para su nieta, memorias para contarle su historia que es la historia de los otros, de los que la precedieron en el tiempo. Hijo de inmigrantes polacos, judíos, pronto aparece la figura del cartero, casi imprescindible en la vida de los que se van a otras tierras y dejan atrás una parte de su vida que son las personas que aman. En la memoria del que recuerda al niño que fue, el cartero es un evento imprescindible para el padre, que esperaba siempre ver pasar al cartero para peguntarle «¿Y?», y el cartero respondía «Nada, don Isaac» (Rosencof, 2002:13). Entonces el padre les leía las cartas anteriores los domingos, que era el día para leerlas, con un rastro de tristeza. «Y es que las cartas que esperaba mi papá no llegaron nunca» (Rosenconf, 2002:13). Ya había sido la Guerra Civil Española y había empezado la que se conocería como la Segunda Guerra Mundial. Sigue la narración de la vida que recuerda Rosencof entreverada con las pocas cartas, cada vez menos y después ninguna, que esperaban con ansiedad y tristeza sus padres. Las cartas, las pocas que llegaron, iban dando cuenta del proyecto ario nazi de exterminio de los judíos (y también de los comunistas, de los socialistas, de los gitanos). Se esperaban con ansiedad las palabras de los hermanos, de los tíos, de la familia de tan lejos, con las noticias del pueblo y de los amigos y de la tierra que se dejó atrás.
Esos recuerdos, esas memorias, de Rosencof están contados desde la voz del niño que fue; con frases cortas y saltarinas va dando cuenta de la inocencia, de los acontecimientos terribles pasados por el tamiz interpretativo de la infancia. La madre guarda a las hermanas y a la madre en una caja de zapatos: son las fotos que de vez en cuando le muestra para saber de la familia, para la identificación, para el nombre, para saber del cuerpo representado. Los que logran escapar del proyecto político racial nazi extendido por Europa llegan a la casa y traen con ellos la información. Son las memorias del niño Mauricio que recuerda y reconstruye a su padre, a su madre, a su hermano.
Después es el hombre, el hombre comprometido con su país, Uruguay, el militante Tupamaro preso, incomunicado y aislado durante casi doce años. Y Rosencof arma las palabras para la naciente memoria que es su nieta desde la voz del hombre joven que recuerda. Desde la oscuridad, la tortura y el silencio de la cárcel, la casa de su infancia, sus padres, su hermano muerto, las memorias de los que murieron, los objetos de la casa, los estudios y las lecturas sobre todas las injusticias en cualquier parte del mundo cometidas por los de siempre contra los mismos de de siempre. El taller del sastre Isaac que es su padre, la cocina de la madre y los olores del amor callado, el pequeño jardín. Y todo es una carta, una carta larga para el padre «…para decirte lo que me acuerdo y, más que nada, decirte lo que me acuerdo para que veas lo poco que sé, que quiero saber más, que quiero más memorias…» (Rosencof, 2002:63). Y el recuerdo trae a la memoria las pocas palabras, la poca conversación entre el padre y el hijo, se aventura la causa en que no tenían ‘un idioma común claro’ ya que el padre no hablaba un español fluido, ni el hijo supo más de cuatro frases en yiddish. Y entiende entonces, en esa celda que recorre en tres pasos, las cartas, las de antes, las que su padre esperaba cuando esperaba al cartero. Porque las cartas eran aromas, anécdotas, personas y lugares escritos con palabras en el papel para la memoria, para como dijo San Agustín recorrer los largos y sinuosos pasillos de la memoria.
Las cartas siempre fueron un problema. Durante mi infancia esperaba las de mi madre allá desde lejos, pero después había que responderlas. Nunca se me dio eso de hablarle a alguien que no estaba presente y contarle mis juegos, que si la escuela y los amigos, que me caí con las manos en los bolsillos del abrigo y me rompí la cabeza, que si la bicicleta y el río en el verano, que si la casa de la abuela y los primos. En realidad responder las cartas se transformó en una especie de tortura que mi tía aplicaba sistemáticamente. Interrumpía sin compasión el juego de las tardes con mis amigas y amigos del barrio y me sentaba derecha, ante la mesa de la cocina, con un lápiz y un papel con rayas para que las líneas de palabras estuvieran derechas. Después me dictaba la carta que le enviaría a mi madre, pero que eran sus palabras y no las mías, y que yo escribía trabajosamente y de muy mala gana y había de firmar en diminutivo. Así las cartas que escribí en mi infancia fueron más bien dictados y copias, una escuela obligada, a destiempo y sin recreo, de algunas tardes en cualquiera de las estaciones. Dejé de escribirle cartas a mi madre cuando vine a vivir con ella. Pienso que esa experiencia me inhabilitó para la comunicación epistolar. Lo que pasó tiempo después fue que empecé a escribir cartas, pero sin remitente y a direcciones y nombres imposibles. Y eso es otra historia.
Cuenta la memoria de Rosencof que salir de la cárcel es recuperar el pestillo de la puerta, acción cotidiana transformada en un evento. Es la noción de libertad que se recupera, para quien ha estado preso, aun cuando es una de las más automáticas, entre todas las que realizamos. Consiste en, al estar frente a una puerta, extender la mano, tomar el pestillo o el pomo, bajarlo, y empujar para entrar o salir. Tener dominio de las puertas, que las puertas tengan pestillo, el salir o el entrar por propia voluntad, significa libertad. Saber del padre en el Hogar de ancianos, al que visitaba desde sus pensamientos en el mundo de tres pasos, y de la vecina judía que custodia el portarretratos. La que volvió de la muerte, pero no indemne, y que se mecía ya vieja, y mecía el portarretratos, mientras cantaba dulcemente en yiddish «…papirene kinder, papirene kinder, mientras lo mece y lo reclina, tan viejita ella, tan muerta, papá, y canta ‘Hijos de papel, hijos de papel’, y llora. Sólo llora.» (Rosencof, 2002:140).
Miré la metáfora. La leí de nuevo para ver si me había confundido de libro. No, era Rosencof y Las cartas que no llegaron. La miré detenidamente. Claro, papirene, papiro, papel, como en escalera. Kinder, niño en alemán, por supuesto. Busqué Esta maldita lujuria y sus ‘hijos de papel’, lo que decía la madre gallega de Ambrosio de Lara que daba América, y ahí estaba. Estaba por resultar que la ficción leída no hacía más que confirmar lo que yo suponía mi realidad. Llamé al señor Timberg y me dijo que pasara después por allí para conversar.
Durante varios días la metáfora ocupó la totalidad de mi cabeza. Un sentimiento de euforia por el hallazgo de la simetría, casi perfecta como suponía en ese instante, entre mi vida personal y la ficción se instaló sin compasión en todo mi cuerpo. Estuvo en mi conversación de café con algunas personas. En mis reflexiones y razonamientos. Volví a llamar al señor Timberg para conversar sobre esa frase en yiddish. Cuando me responden y pregunto por él, la voz del otro lado me dijo que el señor Timberg había muerto la semana pasada. No era posible. Entre el sentimiento por su muerte y la desesperanza pasaron algunos días. Después llamé a Maxim. Él me dijo que no sabía nada de yiddish y me dio un número de teléfono. Llamé y, amablemente desde lo que recordaba, el señor me explicó que en yiddish, una lengua de comunicación entre judíos europeos, la sintaxis procede del alemán y el léxico de los países europeos con comunidades judías.
Y es que como dice Lakoff (2001) vivimos en medio de metáforas diarias, cotidianas. Ellas y nosotros existimos mediante conceptos para nuestro acomodo en el mundo, para entenderlo figurándolo, y en la figuración fijarlo, establecerlo, construirlo, transmitirlo en el tiempo y en el espacio. Todavía usamos hoy y no se sabe hasta cuando, enunciados del tipo ‘el sol sale’ y ‘el sol se pone’, cuando desde hace siglos sabemos que ni el sol sale ni se pone. Sabemos que esos enunciados responden a una figuración del universo cuyo centro era el planeta tierra y los demás planetas, incluido el sol, se pensaba que giraban a su alrededor. Hace ya bastante tiempo sabemos que la tierra está en un sistema cuyo centro es el sol y cuyos planetas, incluida la tierra, giran sobre sí mismos y alrededor del sol. Y sin embargo seguimos diciendo el sol sale para el amanecer, y el sol se pone para describir ese lugar del día cuando la luz desaparece. Y es que las metáforas, tanto las nuevas como las convencionales, tienen la «…capacidad de definir la realidad.» (Lakoff, 2001:199). Así que las metáforas son el lugar en el que vivimos mediante las palabras que las configuran, resaltando algunas características de la realidad y ocultando otra. También podría decir que mediante las palabras, el lugar, y todos sus elementos, existe, toma cuerpo y presencia.
Así que convivimos en un presente cuya consistencia está conformada por metáforas nuevas, pero también por metáforas antiguas, por representaciones anteriores del mundo y de sí mismo construidas por los seres humanos. Es una manera de sostenerse en el tiempo y ser siendo acompañado por lo que nos precedió. Es una manera de ser memoria en el tiempo, en el propio y en el de los otros. Metáfora memoria colectiva e individual.
Hijos de papel son las cartas y las fotografías. Unos son de palabras y los otros proceden del arte de fijar y reproducir, a través de reacciones químicas, las imágenes recogidas en el fondo de una cámara oscura. Pero ambos hijos son de papel, ese derivado del árbol que procede de la tierra y se queda enganchado ahí, lanzándose en un sueño de verticalidad hacia el aire. Metáfora para la recuperación de la vida que se fue y que sigue siendo en nosotros a través de la memoria.
Recuperar lo lejano presupone haberlo tenido, pero la recuperación es una figuración de la memoria hecha palabras a través del recuerdo de otras palabras, de sensaciones cuya representación pretenderá siempre acercarse a lo que fue. Siempre invento, siempre metáfora. Esta metáfora representa la resistencia al olvido. Hijos de papel es porque se reclama la lejanía, porque se desea el abrazo de la carne, la voz cierta del espíritu, de esa carne tan nuestra y tan otra. Las cartas y las fotografías son un remedio para el olvido del otro, o de los otros que uno va siendo. Pero refuerzan la ausencia, o la no presencia del otro. Allí entonces la ironía, un cierto rictus en la boca y en los ojos, para poder mirar el pasado.
Y es que los hijos de papel, tanto las cartas como las fotografías, son simulacros. Pretenden la semejanza con el cuerpo, con la voz, las sensaciones, con la piel del otro, con la palabra del otro. Exigen de nosotros la disposición para asumirlos como verdad, como consistencia, como existencia. Diálogo permanente para explorar a través de la memoria lo que vamos siendo entre la imaginación y el deseo. Mientras, algunos espacios en blanco se van instalando en nosotros, entre nosotros y por eso el olvido. Leer las cartas, ver fotografías, es ocuparse de lo nunca ocurrido con el otro, a pesar del deseo, en una narración abierta, singular, memoriosa. Leer las cartas y ver fotografías es una acción contra el desuso que es el olvido, a través de la evocación, del recuerdo. Es una acción contra la lejanía y la imposibilidad del abrazo.
Y es que la metáfora es transporte. Viene del griego μεταφορά, que significa ‘transporte’, ‘metáfora’, y ésta a su vez de μεταφέρειν, que significa ‘transportar, emplear figuradamente’. Meta-forein es ‘trans-llevar’, ‘trans-poner’. Llevar sobre uno mismo, transportar. Así que metáfora es transporte: una palabra lo es porque lleva en sí misma un significado sobre un significante, pero en el camino este significante entrega su significado a otro significante (otra palabra) totalmente distinto; éste, con una frescura y naturalidad difíciles de explicar, lo pone sobre sí y sigue el camino con su transporte hasta ser este otro y parecerse tanto. El significante puede quedarse con el nuevo significado durante un tiempo y apearse de ese transporte, o puede quedarse para siempre. Imagino que los autobuses en Grecia se llaman metaforein, y por lo tanto que las metáforas recorren las ciudades griegas y cada vez que se detiene el autobús, o sube un pasajero, o se baja otro, o alguien habla, o alguien estornuda o…, todo cambia, siempre es el mismo pero otro. Pareciera que en esa secreta necesidad de mudanza de las palabras se escondiera otra necesidad de mudanza, más secreta aún. O quizá no sea necesidad, sino reconocimiento de la mudanza que somos, de los cambios que experimentamos los seres humanos y nuestro entorno y por eso nos inventamos esos mecanismos para la posibilidad infinita de producción semántica de la lengua.
Y es que la palabra construye nuevos sentidos y predice porque desea. Si digo agua, el agua llama al agua. Si pienso aire, el aire viene. Si digo hijos de papel, aparece su cuerpo, su voz y su risa revoloteando por toda la casa. Ya lo contó claramente el poeta Álvarez: la única razón de que eso suceda es porque las palabras son un Trato con duendes.
Bibliografía
•Aira, César (2005) Ema, La cautiva. Mérida, Ediciones el otro el mismo.
•Brailovsky, Antonio Elio (1992) Esta maldita lujuria. Buenos Aires, Editorial Planeta.
•Corominas, Joan (1992) Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid, Editorial Gredos.
•Diccionario de la lengua española (2001). Real Academia Española, 2 tomos, vigésima segunda edición, Madrid, Editorial Espasa Calpe.
•García Márquez, Gabriel (1984) «Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe», en Cultura y creación intelectual en América Latina, coordinado por Pablo González Casanova, México, Siglo XXI Editores.
•Lakoff, G. y M. Jonson (2001) Metáforas de la vida cotidiana. Madrid, Editorial Cátedra.
•Moliner, María (1992) Diccionario de uso del español. 2 tomos, Madrid, Editorial Gredos.
•Rosencof, Mauricio (2000) Las cartas que no llegaron. Madrid. Editorial Alfaguara.
•Varios autores (1997) Claves de la memoria. Compilación de José María Ruiz-Vargas. Madrid, Editorial Trotta.












