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METÁFORA

por Berta99 @ 08/09/2006 - 10:32:32 pm

para Amanda UV,
«mi niña»

Andaba detrás de las palabras y entre búsqueda y azar conseguí, en el montón de libros en oferta de una librería, una novela cuyo título era Esta maldita lujuria. El autor, Antonio Elio Brailovsky, escritor argentino y para más señas nacido en Buenos Aires. El título lo suficientemente sugestivo como para tomarlo entre las manos y leer la contratapa y la solapa. Resultaba que esta novela publicada en 1992 había obtenido el Premio Casa de las Américas y hasta el propio Fidel Castro se preguntó «¿por qué la lujuria habría de ser maldita?».

Con la lujuria pasa que tiene muy mala fama. Palabra que viene del latín luxurĭa, es sustantivo femenino, y significa «Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales. ║2. Exceso o demasía en algunas cosas» (DRAE, 2001). María Moliner en el Diccionario de uso del español (1992) pone como primera acepción «Lascivia. Deseo sexual exagerado o vicioso», y como segunda «*Abundancia o *exceso de algunas cosas. Solamente es usual aplicado a la vegetación.». Lascivia es la cualidad de lascivo, que viene del latín lascivus que significa juguetón, pero en español «Se aplica a la persona habitual y exageradamente dominada por el deseo *sexual y que lo demuestra en sus palabras, gestos, etc., así como a esos gestos o a esas palabras.» (Moliner, 1992). Y vicio es defecto, falta, mala costumbre, frondosidad excesiva de las plantas, «placer censurable o del que se hace uso con exceso» (Moliner, 1992).

El asunto, como casi siempre, está en quién determina qué cosa es «vicio», o quién juega, con quién, qué juego. El poder religioso lo estableció hace bastante tiempo, y de variadas maneras, poniéndole límites a la conducta humana respectiva, sobre todo a las conductas relacionadas con el placer (pienso en esos jardines, totalmente planificados, ordenados, recortados: tan faltos de lujuria). Todo aquello fuera de los límites marcados por la ordenación de las conductas humanas constituye un exceso, y la lujuria es el exceso en lo sexual-sensual. Se trata entonces del control de los sentidos, del control de la percepción humana. Lujuria es porque alguien, o algo, establece que una conducta humana lo sea. Disposición de los sentidos, entonces, y disposición es disponer, es decidir. Control de los sentidos y de la creación cultural derivada de la organización sociocultural.

Cuando comencé a leer la novela quedé atrapada en ese siglo XVIII de la América de la conquista española, la de la colonización, la de la búsqueda de los oros, las platas, las piedras preciosas y cuanta imaginería propia de pícaros, aventureros y soñadores pueda haberse inventado desde el siglo XV. Casi podríamos decir que la conquista y la colonización es la búsqueda del exceso tal como es entendida en la Europa de esos siglos: todo el oro y las piedras preciosas, todas las especias, toda la tierra, todos los animales, las plantas. Para el conquistador y para el colonizador todo en América Latina es excesivo: los ríos, las montañas, las plantas, las distancias, los vientos (el personaje Ambrosio de Lara cuenta en su extensa carta que hay en América animales que hablan, aunque ningún español los ha oído nunca; él piensa que es para que no los tengan como personas porque si no tendrían que pagar impuestos y trabajar. Él sabe, además, de unos loros que son los responsables de que no haya secretos de alcoba en América, pero no sólo cuentan lo que ven sino que inventan mucho de lo que dicen). Cuando se maldice la lujuria se maldice en realidad el exceso, y América Latina es «otro» exceso (Esta maldita lujuria). Se maldice porque no se entiende, porque es casi imposible controlarla, entenderla, ya que excede la visión de mundo europea. Y es que exceso es «lo que pasa más allá de la medida o regla», lo que traspasa los límites de lo ordinario y lo lícito (DRAE, 2001).

Con respecto a esta idea de América Latina como exceso, César Aira (2005) pone en boca de uno de sus personajes la misma idea. Duval, un ingeniero francés contratado por el gobierno para hacer trabajos en la frontera, marcha hacia su destino en una caravana de convictos custodiada por el ejército. Le asombra el clima, el desierto, la gente, los animales; llega a pensar que los bueyes que llevaban las carretas «…también eran monstruosos, demasiado cilíndricos y con las cabezas pequeñas como la serpiente.» (Aira, 2005:18). Todo es excesivo, todo lo reconocible no lo es porque se sale de los límites conocidos en su cultura. Pero va más allá cuando piensa que «Por supuesto, habría sobrellevado con gusto estas excentricidades del nuevo continente, si se hubiera visto en compañía menos inquietante…» (Aira, 2005:18). Aquí la idea de lo excesivo como lo que traspasa los límites de lo ordinario y lo lícito se expresa a través de excéntrico, lo cual le añade otra significación. Excéntrico viene del latín centrum donde significa «pierna fija del compás entorno a la cual se fija la otra, comparada con un aguijón; de ahí, después, el punto donde se clava esta pierna» (Corominas). Por lo cual excéntrico es lo que está fuera del centro o que tiene un centro diferente, y también lo raro, lo extravagante (DRAE, 2001). Para el personaje de la novela de César Aira el ‘nuevo’ continente es lo raro, lo que está fuera del centro, por eso es excesivo, excéntrico, por eso es la periferia. Lo que traspasa los límites conocidos del mundo conocido (Europa) es excesivo y está fuera del centro. En el ‘nuevo’ continente los conceptos y las palabras conocidas no bastan para describirlo, y es que la realidad no se acopla a las palabras, al discurso de los vencedores. Es un mundo, en consecuencia, lujurioso, excesivo, excéntrico, periférico. América Latina será la periferia, lo bárbaro, y lo será para el centro autodenominado civilizado, porque no puede explicarlo, porque no puede entenderlo, porque en el mejor de los casos no puede controlarlo. Por eso lo maldice.

Sobre ese exceso dice García Márquez que la realidad latinoamericana no cabe en el idioma, y que las palabras son insuficientes, por lo cual el problema mayor para los artistas de esta parte del mundo es «…hacer creíble su realidad…Toda nuestra historia, desde el descubrimiento, se ha distinguido por la dificultad de hacerla creer.» (1984:174-175). Así que la realidad, termina diciendo García Márquez, es mejor escritor que los escritores mismos (para muestra un «incidente» reciente de nuestra historia nacional: la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia de agosto de 2002 en donde se decidió que el 12 de abril de 2002 no hubo golpe de estado en Venezuela, sino «un vacío de poder», que un grupo de personas «preñados de buenas intenciones» pretendieron llenar cuando pasaban por allí). Y es que lujuria parece ser exceso de imaginación en América Latina. Pero la imaginación no hace, si seguimos la idea de García Márquez, sino seguir, o por lo menos pretenderlo, a la realidad.

Pronto en la lectura de Esta maldita lujuria aparece Carmen de Patagones, que no es como pudiera parecer nombre de mujer sino de lugar. Habla desde el inicio de la novela y a través de una larga carta, contando sus aventuras y desventuras y dirigiéndose al Virrey, quien al final firma: Ambrosio de Lara, armero de la Villa de Carmen de Patagones. Se describe a sí mismo como ‘un hombre del común’ y le solicita al Virrey que escuche su voz porque «…la verdad está en las voces de los comunes que no pretenden títulos ni honores, sino que los hechos se sepan tal cual fueron.» (Brailovsky, 1992:13). Ambrosio de Lara, el personaje, describe Carmen de Patagones como el último lugar del mundo, cuya tierra árida y reseca barrida por el viento no deja crecer casi ni la hierba.

Seguí leyendo la novela, entre otras lecturas, cuando en una de esas visitas a la red de Internet volví a conseguirme con Carmen de Patagones. Allí encontré un artículo de una cineasta palestina. Contaba su viaje por el Sur de América del Sur, después de presentar su película. Su llegada a la Patagonia; su encuentro con amigos y lugareños de pueblos, o más bien poblados, perdidos en la inmensidad de un paisaje en donde la vista se cansa de tanta lejanía. El ruido del viento y el frío componían un paisaje imponente, sólo aliviado por la calidez de la gente que lo puebla, siempre presta para ofrecer un vaso de vino, una comida, abrigo y una buena conversación. Un detalle llamó su atención: por los diferentes poblados por los que pasó se encontró con grupos formados por tres personas que ella (palestina al fin) reconoció como judíos israelíes; observó que los grupos siempre estaban compuestos por dos hombres y una mujer; además, por la forma en que iban vestidos, por la forma de caminar y desplazarse sospechó que eran soldados del ejercito israelí o que lo habían sido. La frecuencia de sus encuentros fue tal que se atrevió a preguntarle a algunos de los lugareños. Le iban contando, por donde iba pasando, la misma historia: que eran soldados israelíes que pretendían viajar de incógnito, pero ellos se habían dado cuenta de quienes eran; que eran patrullas siempre formadas por tres integrantes, dos hombres y una mujer, explorando la Patagonia y sus riquezas, y quien sabe qué más, desde hacía algún tiempo; que no se mezclaban con nadie y que mucha gente ni siquiera les hablaba. En uno de esos lugares de su viaje entre el mar de tierra y el Río Negro, una de esas patrullas la reconoció, habían visto su última película y querían hablar con ella; la invitaron a acompañarlos con cierta insistencia, pero ella no aceptó porque le pareció sospechoso tanto afán. Justo era Carmen de Patagones, y allí uno de los lugareños le advirtió que tuviera cuidado con esa gente que viajaba de incógnito y haciendo quién sabe qué por toda la Patagonia desde hacía algún tiempo.

La tercera vez que me encontré con Carmen de Patagones fue en mi lugar de trabajo. Salía con una compañera y al llegar al estacionamiento nos dimos cuenta de que uno de los cauchos de su carro estaba vacío. Cuando miré hacia mi derecha en busca del vigilante para que nos ayudara a poner el de repuesto, el vidrio trasero del carro de al lado me atrapó: una calcomanía ocupaba el centro del vidrio y simplemente decía ‘Carmen de Patagones’. Ni paisaje ni nada, simplemente el diseño de unas letras en verde y azul, que componían un nombre para decir, casi gritándome, Carmen de Patagones. Salté del asombro y dije algunas de esas palabras que están casi en el origen del idioma. Pensé que o yo perseguía a Carmen de Patagones o que, más bien, ella me perseguí a mí. Porque a ver: ¿qué hacía en el estacionamiento de la facultad un carro con esa calcomanía?; ¿qué hacía un carro con esa calcomanía del nombre de un lugar tan lejos, en Maracaibo?. Además, sólo el azar me hizo ver esa calcomanía: si el carro de mi amiga no hubiera tenido un caucho vacío justo al lado del otro con la calcomanía, pues no la hubiera visto y la persecución, de cualquiera a cualquiera o como sea, no hubiera sido entendida o interpretada por mí como tal.

Sigo la lectura y aparece «Hijos de papel». Es el nombre de uno de los capítulos de la novela. Es también, como le cuenta el personaje Ambrosio de Lara al Virrey, lo que decía su madre que se sacaba de América,

«Porque tú los crías, y apenas se vienen mozos, pues un día se te van para América y de ellos no te queda nada, apenas esas cartas que no sirven más que para reforzar la ausencia. Porque los hijos son ese sobre, señor Virrey, que llega cada dos o tres o veinte años…» (Brailovsky, 1992:65).

La metáfora me estalló en la cara. Hijos de papel son las cartas que Ambrosio envía a su madre, allá lejos cruzando el mar, tan lejos que pueden tardar dos, tres o veinte años en llegar, metidas en unos sobres y estos en unas alforjas a lomos de caballo, cuyo recorrido es el de la soledad, la lejanía y el olvido. El personaje describe con precisión el largo camino de esos hijos de papel: desde Carmen de Patagones a ‘Buenos-Ayres’; de allí el hijo de papel se embarca en las fragatas que van hacia el Caribe para trasbordar a uno de los galeones que viajará hasta Cádiz; y de nuevo sobre un caballo recorrerá España de sur a norte para llegar a Galicia, a un pueblo cualquiera de esa región donde un pregonero dirá en alta voz que hay una carta de Ambrosio de Lara y que pasen a recogerla. Por las montañas y las colinas seguirán las voces anunciando al hijo de papel, la carta que ha llegado de América. Después comienza la búsqueda de alguien que sepa leer, y todo el pueblo a las puertas de la casa de la madre de Ambrosio escuchará silenciosamente la lectura en voz alta y a la luz de un candil, de la palabra lejana de uno de los suyos. La lectura se hará una y otra vez, hasta que todo el pueblo pueda saber para memorizar y así recordar las palabras del que se fue para buscar las tierras que el rey les iba a dar y que les fueron negadas en España, porque esas, como dice el poeta, ya tenían dueño. Las de aquí también.

Las cartas que no llegaron (2002) se ocultaba bajo otros libros. Las manos la trajeron ante mis ojos, como siempre en esto de los hallazgos. El escritor es Mauricio Rosencof, uruguayo. Me llamó la atención la portada: es un fragmento de «La mujer de la cara azul», de Chagall. Casi siempre los personajes de este pintor flotan en el límite impuesto por el lienzo, aunque por momentos pareciera que saldrán de allí estallando de color y dando cuenta de movimientos aparentemente imposibles en la realidad, pero que me sugieren los movimientos interiores del pensamiento. Y muchas historias, muchos cuentos de infancia. La dedicatoria pulsó mi decisión y me lo llevé. Mientras iba en el taxi de vuelta a la casa pensaba en ese abuelo que escribe un libro y que lo llama ‘Estas palabras’, para una nieta, ‘hijita de la hija y de todas estas sangres’, pero sobre todo se lo dedica para ‘su naciente memoria’. Estaba atrapada.

Como siempre varios libros ocupaban mi atención (entre otros Esta maldita lujuria), pero este imán de las palabras me impide ese orden (otro) en el cual un libro sucede a otro en la lectura y así uno tras otro, perfectamente acabado, concluido en la lectura, como en una especie de suma diferenciadora, de fila perfectamente ordenada, de sucesión. Como si un libro empezara y terminara cuando empieza y termina. Si fuera así sería un todo acabado y concluido. Cada uno de ellos no tendría relación con los otros. Porque un libro son las ideas, los sueños, los inventos de la imaginación, las representaciones de la realidad (cualquiera que ésta sea), los simulacros…, sostenidos, contenidos, desbordados en las palabras, con mayor o menor acierto según el lector. Un libro tiene sentido cuando es la evocación de otros libros, de otras palabras, en una red que suponemos eterna si consideramos al ser humano y sus creaciones socioculturales como infinitas en el tiempo. Un libro está vivo porque sus palabras tienen relación con las palabras de los otros, porque las ideas, lo que piensa, está en relación con los otros libros en una especie de mestizaje mágico. Un libro está vivo cuando, como dice Borges, un lector lo abre, y en la lectura comparte sus palabras con las palabras del libro. Y las ideas, y los sueños, y las representaciones de la realidad, o sus figuraciones. Un libro son todos los libros, o por lo menos su posibilidad.
Iba en el carro y de la dedicatoria pasé a la narración de esas memorias de Mauricio Rosencof para su nieta, memorias para contarle su historia que es la historia de los otros, de los que la precedieron en el tiempo. Hijo de inmigrantes polacos, judíos, pronto aparece la figura del cartero, casi imprescindible en la vida de los que se van a otras tierras y dejan atrás una parte de su vida que son las personas que aman. En la memoria del que recuerda al niño que fue, el cartero es un evento imprescindible para el padre, que esperaba siempre ver pasar al cartero para peguntarle «¿Y?», y el cartero respondía «Nada, don Isaac» (Rosencof, 2002:13). Entonces el padre les leía las cartas anteriores los domingos, que era el día para leerlas, con un rastro de tristeza. «Y es que las cartas que esperaba mi papá no llegaron nunca» (Rosenconf, 2002:13). Ya había sido la Guerra Civil Española y había empezado la que se conocería como la Segunda Guerra Mundial. Sigue la narración de la vida que recuerda Rosencof entreverada con las pocas cartas, cada vez menos y después ninguna, que esperaban con ansiedad y tristeza sus padres. Las cartas, las pocas que llegaron, iban dando cuenta del proyecto ario nazi de exterminio de los judíos (y también de los comunistas, de los socialistas, de los gitanos). Se esperaban con ansiedad las palabras de los hermanos, de los tíos, de la familia de tan lejos, con las noticias del pueblo y de los amigos y de la tierra que se dejó atrás.

Esos recuerdos, esas memorias, de Rosencof están contados desde la voz del niño que fue; con frases cortas y saltarinas va dando cuenta de la inocencia, de los acontecimientos terribles pasados por el tamiz interpretativo de la infancia. La madre guarda a las hermanas y a la madre en una caja de zapatos: son las fotos que de vez en cuando le muestra para saber de la familia, para la identificación, para el nombre, para saber del cuerpo representado. Los que logran escapar del proyecto político racial nazi extendido por Europa llegan a la casa y traen con ellos la información. Son las memorias del niño Mauricio que recuerda y reconstruye a su padre, a su madre, a su hermano.
Después es el hombre, el hombre comprometido con su país, Uruguay, el militante Tupamaro preso, incomunicado y aislado durante casi doce años. Y Rosencof arma las palabras para la naciente memoria que es su nieta desde la voz del hombre joven que recuerda. Desde la oscuridad, la tortura y el silencio de la cárcel, la casa de su infancia, sus padres, su hermano muerto, las memorias de los que murieron, los objetos de la casa, los estudios y las lecturas sobre todas las injusticias en cualquier parte del mundo cometidas por los de siempre contra los mismos de de siempre. El taller del sastre Isaac que es su padre, la cocina de la madre y los olores del amor callado, el pequeño jardín. Y todo es una carta, una carta larga para el padre «…para decirte lo que me acuerdo y, más que nada, decirte lo que me acuerdo para que veas lo poco que sé, que quiero saber más, que quiero más memorias…» (Rosencof, 2002:63). Y el recuerdo trae a la memoria las pocas palabras, la poca conversación entre el padre y el hijo, se aventura la causa en que no tenían ‘un idioma común claro’ ya que el padre no hablaba un español fluido, ni el hijo supo más de cuatro frases en yiddish. Y entiende entonces, en esa celda que recorre en tres pasos, las cartas, las de antes, las que su padre esperaba cuando esperaba al cartero. Porque las cartas eran aromas, anécdotas, personas y lugares escritos con palabras en el papel para la memoria, para como dijo San Agustín recorrer los largos y sinuosos pasillos de la memoria.

Las cartas siempre fueron un problema. Durante mi infancia esperaba las de mi madre allá desde lejos, pero después había que responderlas. Nunca se me dio eso de hablarle a alguien que no estaba presente y contarle mis juegos, que si la escuela y los amigos, que me caí con las manos en los bolsillos del abrigo y me rompí la cabeza, que si la bicicleta y el río en el verano, que si la casa de la abuela y los primos. En realidad responder las cartas se transformó en una especie de tortura que mi tía aplicaba sistemáticamente. Interrumpía sin compasión el juego de las tardes con mis amigas y amigos del barrio y me sentaba derecha, ante la mesa de la cocina, con un lápiz y un papel con rayas para que las líneas de palabras estuvieran derechas. Después me dictaba la carta que le enviaría a mi madre, pero que eran sus palabras y no las mías, y que yo escribía trabajosamente y de muy mala gana y había de firmar en diminutivo. Así las cartas que escribí en mi infancia fueron más bien dictados y copias, una escuela obligada, a destiempo y sin recreo, de algunas tardes en cualquiera de las estaciones. Dejé de escribirle cartas a mi madre cuando vine a vivir con ella. Pienso que esa experiencia me inhabilitó para la comunicación epistolar. Lo que pasó tiempo después fue que empecé a escribir cartas, pero sin remitente y a direcciones y nombres imposibles. Y eso es otra historia.

Cuenta la memoria de Rosencof que salir de la cárcel es recuperar el pestillo de la puerta, acción cotidiana transformada en un evento. Es la noción de libertad que se recupera, para quien ha estado preso, aun cuando es una de las más automáticas, entre todas las que realizamos. Consiste en, al estar frente a una puerta, extender la mano, tomar el pestillo o el pomo, bajarlo, y empujar para entrar o salir. Tener dominio de las puertas, que las puertas tengan pestillo, el salir o el entrar por propia voluntad, significa libertad. Saber del padre en el Hogar de ancianos, al que visitaba desde sus pensamientos en el mundo de tres pasos, y de la vecina judía que custodia el portarretratos. La que volvió de la muerte, pero no indemne, y que se mecía ya vieja, y mecía el portarretratos, mientras cantaba dulcemente en yiddish «…papirene kinder, papirene kinder, mientras lo mece y lo reclina, tan viejita ella, tan muerta, papá, y canta ‘Hijos de papel, hijos de papel’, y llora. Sólo llora.» (Rosencof, 2002:140).

Miré la metáfora. La leí de nuevo para ver si me había confundido de libro. No, era Rosencof y Las cartas que no llegaron. La miré detenidamente. Claro, papirene, papiro, papel, como en escalera. Kinder, niño en alemán, por supuesto. Busqué Esta maldita lujuria y sus ‘hijos de papel’, lo que decía la madre gallega de Ambrosio de Lara que daba América, y ahí estaba. Estaba por resultar que la ficción leída no hacía más que confirmar lo que yo suponía mi realidad. Llamé al señor Timberg y me dijo que pasara después por allí para conversar.
Durante varios días la metáfora ocupó la totalidad de mi cabeza. Un sentimiento de euforia por el hallazgo de la simetría, casi perfecta como suponía en ese instante, entre mi vida personal y la ficción se instaló sin compasión en todo mi cuerpo. Estuvo en mi conversación de café con algunas personas. En mis reflexiones y razonamientos. Volví a llamar al señor Timberg para conversar sobre esa frase en yiddish. Cuando me responden y pregunto por él, la voz del otro lado me dijo que el señor Timberg había muerto la semana pasada. No era posible. Entre el sentimiento por su muerte y la desesperanza pasaron algunos días. Después llamé a Maxim. Él me dijo que no sabía nada de yiddish y me dio un número de teléfono. Llamé y, amablemente desde lo que recordaba, el señor me explicó que en yiddish, una lengua de comunicación entre judíos europeos, la sintaxis procede del alemán y el léxico de los países europeos con comunidades judías.

Y es que como dice Lakoff (2001) vivimos en medio de metáforas diarias, cotidianas. Ellas y nosotros existimos mediante conceptos para nuestro acomodo en el mundo, para entenderlo figurándolo, y en la figuración fijarlo, establecerlo, construirlo, transmitirlo en el tiempo y en el espacio. Todavía usamos hoy y no se sabe hasta cuando, enunciados del tipo ‘el sol sale’ y ‘el sol se pone’, cuando desde hace siglos sabemos que ni el sol sale ni se pone. Sabemos que esos enunciados responden a una figuración del universo cuyo centro era el planeta tierra y los demás planetas, incluido el sol, se pensaba que giraban a su alrededor. Hace ya bastante tiempo sabemos que la tierra está en un sistema cuyo centro es el sol y cuyos planetas, incluida la tierra, giran sobre sí mismos y alrededor del sol. Y sin embargo seguimos diciendo el sol sale para el amanecer, y el sol se pone para describir ese lugar del día cuando la luz desaparece. Y es que las metáforas, tanto las nuevas como las convencionales, tienen la «…capacidad de definir la realidad.» (Lakoff, 2001:199). Así que las metáforas son el lugar en el que vivimos mediante las palabras que las configuran, resaltando algunas características de la realidad y ocultando otra. También podría decir que mediante las palabras, el lugar, y todos sus elementos, existe, toma cuerpo y presencia.
Así que convivimos en un presente cuya consistencia está conformada por metáforas nuevas, pero también por metáforas antiguas, por representaciones anteriores del mundo y de sí mismo construidas por los seres humanos. Es una manera de sostenerse en el tiempo y ser siendo acompañado por lo que nos precedió. Es una manera de ser memoria en el tiempo, en el propio y en el de los otros. Metáfora memoria colectiva e individual.

Hijos de papel son las cartas y las fotografías. Unos son de palabras y los otros proceden del arte de fijar y reproducir, a través de reacciones químicas, las imágenes recogidas en el fondo de una cámara oscura. Pero ambos hijos son de papel, ese derivado del árbol que procede de la tierra y se queda enganchado ahí, lanzándose en un sueño de verticalidad hacia el aire. Metáfora para la recuperación de la vida que se fue y que sigue siendo en nosotros a través de la memoria.
Recuperar lo lejano presupone haberlo tenido, pero la recuperación es una figuración de la memoria hecha palabras a través del recuerdo de otras palabras, de sensaciones cuya representación pretenderá siempre acercarse a lo que fue. Siempre invento, siempre metáfora. Esta metáfora representa la resistencia al olvido. Hijos de papel es porque se reclama la lejanía, porque se desea el abrazo de la carne, la voz cierta del espíritu, de esa carne tan nuestra y tan otra. Las cartas y las fotografías son un remedio para el olvido del otro, o de los otros que uno va siendo. Pero refuerzan la ausencia, o la no presencia del otro. Allí entonces la ironía, un cierto rictus en la boca y en los ojos, para poder mirar el pasado.

Y es que los hijos de papel, tanto las cartas como las fotografías, son simulacros. Pretenden la semejanza con el cuerpo, con la voz, las sensaciones, con la piel del otro, con la palabra del otro. Exigen de nosotros la disposición para asumirlos como verdad, como consistencia, como existencia. Diálogo permanente para explorar a través de la memoria lo que vamos siendo entre la imaginación y el deseo. Mientras, algunos espacios en blanco se van instalando en nosotros, entre nosotros y por eso el olvido. Leer las cartas, ver fotografías, es ocuparse de lo nunca ocurrido con el otro, a pesar del deseo, en una narración abierta, singular, memoriosa. Leer las cartas y ver fotografías es una acción contra el desuso que es el olvido, a través de la evocación, del recuerdo. Es una acción contra la lejanía y la imposibilidad del abrazo.

Y es que la metáfora es transporte. Viene del griego μεταφορά, que significa ‘transporte’, ‘metáfora’, y ésta a su vez de μεταφέρειν, que significa ‘transportar, emplear figuradamente’. Meta-forein es ‘trans-llevar’, ‘trans-poner’. Llevar sobre uno mismo, transportar. Así que metáfora es transporte: una palabra lo es porque lleva en sí misma un significado sobre un significante, pero en el camino este significante entrega su significado a otro significante (otra palabra) totalmente distinto; éste, con una frescura y naturalidad difíciles de explicar, lo pone sobre sí y sigue el camino con su transporte hasta ser este otro y parecerse tanto. El significante puede quedarse con el nuevo significado durante un tiempo y apearse de ese transporte, o puede quedarse para siempre. Imagino que los autobuses en Grecia se llaman metaforein, y por lo tanto que las metáforas recorren las ciudades griegas y cada vez que se detiene el autobús, o sube un pasajero, o se baja otro, o alguien habla, o alguien estornuda o…, todo cambia, siempre es el mismo pero otro. Pareciera que en esa secreta necesidad de mudanza de las palabras se escondiera otra necesidad de mudanza, más secreta aún. O quizá no sea necesidad, sino reconocimiento de la mudanza que somos, de los cambios que experimentamos los seres humanos y nuestro entorno y por eso nos inventamos esos mecanismos para la posibilidad infinita de producción semántica de la lengua.

Y es que la palabra construye nuevos sentidos y predice porque desea. Si digo agua, el agua llama al agua. Si pienso aire, el aire viene. Si digo hijos de papel, aparece su cuerpo, su voz y su risa revoloteando por toda la casa. Ya lo contó claramente el poeta Álvarez: la única razón de que eso suceda es porque las palabras son un Trato con duendes.

Bibliografía

•Aira, César (2005) Ema, La cautiva. Mérida, Ediciones el otro el mismo.
•Brailovsky, Antonio Elio (1992) Esta maldita lujuria. Buenos Aires, Editorial Planeta.
•Corominas, Joan (1992) Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid, Editorial Gredos.
Diccionario de la lengua española (2001). Real Academia Española, 2 tomos, vigésima segunda edición, Madrid, Editorial Espasa Calpe.
•García Márquez, Gabriel (1984) «Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe», en Cultura y creación intelectual en América Latina, coordinado por Pablo González Casanova, México, Siglo XXI Editores.
•Lakoff, G. y M. Jonson (2001) Metáforas de la vida cotidiana. Madrid, Editorial Cátedra.
•Moliner, María (1992) Diccionario de uso del español. 2 tomos, Madrid, Editorial Gredos.
•Rosencof, Mauricio (2000) Las cartas que no llegaron. Madrid. Editorial Alfaguara.
•Varios autores (1997) Claves de la memoria. Compilación de José María Ruiz-Vargas. Madrid, Editorial Trotta.


 
 

CIUDADES

por Berta99 @ 08/09/2006 - 09:25:45 pm

para Maracaibo

UNA/ Alguna vez pensó que sus pasos se escuchaban en la ciudad. Hoy sabe lo inaudito: apenas susurro, uno que otro recuerdo leve entre los amigos idos. Sin embargo, vuelve la memoria y siempre acontece: una calle suspendida ante sus ojos. Tiene lo requerido: aceras a los lados, casas con jardines y ventanas, algún perro ladrando mientras salta retozón, un gato jugando sus siete vidas, el pipote de basura con constancia de recogida y aroma de recuerdo en el sonido.
DOS/ Hay una calle que es una mirada. Casi espejo del agua, dios se mira a sí mismo de iglesia a iglesia. Lo demás es transcurso del depredador, alguno que otro santo y seña del pasado y un proyecto de futuro.
TRES/ Si la cruza de oeste a este, desde donde se pone el sol hacia donde sale, queda el agua. Cuentan las leyendas su pasado cristalino y benéfico. Milagro del agua.
CUATRO/ Algunas casas conservan el frescor de la brisa del puerto en la memoria de sus líneas. Todavía se encuentran ventanas largas con celosía para atrapar los viajes del aire. Y un patio. Al fondo.
CINCO/ Y está esa plaza irregular por el paso del tiempo. A un lado, de los seis, hay una edificación con soportales: el sol no pasa allí, pero dibuja su insistencia con suaves arcos en el suelo.
SEIS/ Ciertas calles, por estrechas, guardan celosas la entrada a los hábitos del misterio: tras puertas invisibles un pasillo y otra puerta. Luego el olor, la música y las voces. Y otra puerta con costumbre de puerto.
SIETE/ Está esa mujer de la esquina. Ya murió, pero sigue con su gorro de lana en la cabeza, un vestido con delantal y bolsillos y las medias sobre los zapatos. Un vendedor de fruta empuja el carro y se detiene justo allí. Donde ella puede tomar una fruta y mientras la guarda en el delantal seguir su conversación interminable.
OCHO/ Es la noche. Detiene el carro. Un negrito viene de la mano adentrándose por la ventana. Paga. Lo toma. Y sigue dando vueltas. Es la noche. Y el viento.
NUEVE/ Termina su movimiento en el pequeño muro. Un muelle se adentra en el agua. Los buchones acercan sus vuelos hacia nuestros ojos, mientras las gaviotas formadas en flecha se dirigen hacia el norte. La música a nuestra espalda: son voces de la noche, el licor y el sexo, perdidas en el tiempo. En otras mesas están los cuatro: la botella de cerveza en el piso a la derecha en un viaje de sube y baja con inclinación corporal, la manos apoyadas en la mesa guardan las piezas de la vista de los otros, y al tomar cada una, para su turno, el golpe descubre el número para la risa y la palabra. Cuando la tarde se aleja salta: pequeñas gotas salobres cubren la piel para el frescor, para la memoria del agua.

LA CRÓNICA: ENTRE ORALIDAD Y ESCRITURA

por Berta99 @ 03/09/2006 - 12:40:32 am

I
Crónica etimológicamente (Corominas, 1991) viene del latín chrŏnĭca, ‘libros de cronología, crónicas’; éste a su vez viene del griego en donde significa ‘lo concerniente al tiempo, al pasado’; aparece documentado (o sea escrito) por primera vez, en lo que hoy conocemos como español o castellano, hacia 1275. El DRAE (1992 y 2001) la define como una palabra de género femenino que significa «libros en que se refieren los sucesos por orden de tiempo. Historia en que se observa el orden de los tiempos ║ 2. Artículo periodístico o información radiofónica o televisiva sobre temas de actualidad». Cronista es el «autor de una crónica, o el que tiene por oficio escribirla ║ 2. Empleo de cronista». En las dos definiciones, y hay otras, las claves parecen tiempo referido al pasado y entonces historia, orden, libro, y escritura.

II
En las claves el asunto es palabra, pero palabra de papel, palabra de libro. Un alfabeto es el resultado de un largo proceso que descompuso las palabras en sus sonidos simples y los representó de formas diversas. Herodoto y Plinio el Viejo suponían que en Fenicia (una franja de tierra en lo que hoy conocemos como Siria y Líbano, mirando el Mediterráneo) se creó el alfabeto, consistiendo su sistema en 22 signos cuyas combinaciones expresaban todas las modulaciones del lenguaje (‘alfabeto’ viene de la combinación del nombre de dos letras fenicias: ‘álef’ que significa vaca y ‘bet’ que significa casa). Alfabetos y sistemas de escritura, manos con algún instrumento obedeciendo al cerebro que las dirige y reproduciendo un orden preestablecido, tanto para las palabras como para las ideas y las interpretaciones. Un alfabeto es un número pequeño y limitado de letras que son capaces, al combinarse según reglas preestablecidas, de producir infinitas formas y agrupamientos que conocemos como palabras, como signos. Se desarrollaron a través del tiempo (siempre el tiempo) diversidad de alfabetos, diversidad de lenguas escritas, cada vez más precisas, con toda una serie de reglas para su uso.

Si se mira hacia atrás, pocos, muy pocos, eran los usuarios de ese invento humano para la palabra. Lentamente, y en manos de una minoría en cada una de las lenguas con alfabeto (las menos), la escritura construye una cultura escrita siempre cercana al poder, cualquiera que éste fuese. Piedras, papiros, pergaminos, arcilla, madera, son materiales para la escritura. Viene a mi memoria la imagen de un monje (o de varios), encerrado en su monasterio, inclinado sobre una mesa en donde el papel es el protagonista y él su instrumento, reproduciendo día tras día libros antiguos, palabras antiguas con historias antiguas, e iluminándolos con dibujos representativos del imaginario de su tiempo; mientras, fuera del monasterio, de los monasterios, millones de seres humanos ignorantes de la escritura, imposibilitados para ella porque así lo establecía el poder, hablaban y vivían sus vidas construyendo su historia.

La escritura, más bien el poder que la usa y de la cual se nutre (cualquiera sea éste: político, religioso, económico, social), construye lentamente la idea de que ella, únicamente ella, es el conocimiento, la verdad acerca del mundo. Reverencia entonces, la escritura crea su propia forma, sus ideas, sus reglas: filosofía, ciencia, literatura, historia, leyes escritas, las máquinas y toda la tecnología que hoy conocemos son producto, en gran medida, de la tecnología llamada alfabeto. Escritura también como lugar de la autoridad, y autoridad como verdad, como registro de la verdad acerca del acontecer humano, de los hechos y sucesos, para la pervivencia de los productos humanos. Fuera de ella, fuera de la escritura, lo que hay es leyenda, cuento, mito, relato, chiste, sueño, imaginación.

Fue en China (período de los Song, 960-1279) donde se inventó la imprenta al usarse tipos móviles de madera para reproducir la grafía; hacia 1045 Pi Sheng fabricó caracteres de arcilla sometida al fuego y con moldes de metal, usando poco después tipos móviles hechos de estaño, madera, bronce y otros materiales. Pero la Historia (había escrito esta palabra con minúscula, pero el programa de la computadora señaló con una línea quebrada y verde al artículo que la precede, señal de un error sintáctico; al cambiarla a mayúscula la línea verde desapareció. ¿Sería sólo un error sintáctico, o una manera de concebir el mundo?)... Repito, la historia, la occidental, nos dice que fue Gutenberg en Alemania entre 1440 y 1450. Suponemos lo que pasó: los viajes comerciales, religiosos, diplomáticos o de conquista (distintos nombres quizá para lo mismo), permitieron a los europeos conocer el invento chino e inventar el suyo. Occidente, Europa en ese momento, inventa su imprenta; es el Renacimiento, y lo que era un dominio reservado para unos pocos, en ese transcurrir lento de las revoluciones permanentes, comienza a dejar de serlo. El tiempo, y en este caso su reducción, es un aliado de la mayoría de los seres humanos que todavía esperarán unos siglos para acceder a la escritura y dependiendo del país que se trate.

En América es México (1539) el primer país que tendrá imprenta. La imprenta, y en consecuencia los libros, la palabra escrita, son en la historia de América Latina una aventura clandestina por la oposición de las metrópolis, que por supuesto preferían enviar los libros impresos antes que permitir que nuestros países los imprimieran. Hay historias de libros cuya entrada a nuestro continente constituye una proeza, una desobediencia al poder colonial y metropolitano, el germen para el inicio de guerras de independencia, y la confirmación de que otras ideas sobre el mundo son posibles y necesarias para la relación entre los seres humanos.

Durante cinco siglos la popularización y el acceso a la escritura proporcionado por la imprenta, y todos los ulteriores inventos relacionados con la tecnología del alfabeto, han hecho a la escritura parte esencial de todos los procesos humanos trascendentes. Símbolo de independencia, la escritura es sentida como libertad, como poder, como diferencia, como jerarquía, como conocimiento, como sueño e imaginación, como historia, como el lugar para la memoria humana. Como el lugar para la verificación de los hechos y, en consecuencia, el lugar para lo humano.

III
Sabemos o suponemos que el origen de las sociedades humanas tiene su fundamento en la intercomunicación a través del lenguaje. Y este lenguaje era exclusivamente oral. Costumbres, comportamientos, tradiciones, sueños, historias, acuerdos, normas, pensamiento, eran dominios exclusivamente orales. Y durante milenios fue así. Sigue siendo así en diversas culturas humanas que no tienen alfabeto y por lo tanto sin escritura. Independientemente de la escritura, la oralidad sigue siendo la puerta de entrada a la sociedad para cada uno de los seres humanos en cada cultura. El inicio en el mundo, desde el vientre materno, es oralidad, sonido, discriminación lenta y sucesiva para comprender cada sentido, cada objeto del mundo. Juego entonces, la palabra repite sonidos como cuando «Me han dicho que he dicho un dicho/ y ese dicho no lo he dicho yo. Porque si yo lo hubiera dicho/estaría muy bien dicho/por haberlo dicho yo.». O propone adivinanzas, o cuentos de nunca acabar, o retahílas, o cantares.

En las culturas orales las palabras son hechos o acontecimientos proferidos por el ser humano, sostenidos en el sonido y transmitidos por el aire desde una evocación o una llamada a la memoria. Las palabras no tienen presencia visual, aunque la provocan a la imaginación de quien las oye y de quien las produce. Acuerdo sostenido de sentidos de una generación a otra perviviendo en la memoria, en la idea de la palabra.

En la oralidad, en las culturas orales, hay dos propósitos fundamentales en relación con la palabra: almacenar información y entretener al oyente o a los oyentes. Por lo tanto el asunto está en el lenguaje que se usa para almacenar información en la memoria; este lenguaje debe ser rítmico y además debe ser narrativizado. Esto consiste en describir acciones realizadas por alguien y no conceptos. Como cuando Alfonso Ruiz (maracucho y gaitero) a mi pregunta de cómo aprendió música si nunca la estudió me respondió:

«…que yo tejo, yo tejo eso es que la tejo, tejo la música haciendo la letra; yo tejo la música. Yo te canto eso... eso lo eso ya es conocido canté mucho, pero yo le pongo una letra que yo ahorita sé y... a lo que hablan cualquier cosa ya se me olvida, entonces pura bulla no la sé, me la pongo a buscar y no, pero... que yo digo por ejemplo una palabra, por ejemplo, yo, yo quiero decir... vamos a ver... ya vamos a ver... vení paca jovencito...» (Vega, 1998:60).

Las estructuras rítmicas están sostenidas en formas métricas como la décima, la copla, la cuarteta, el romance, y todas aquellas formas conocidas en el arte métrica en lengua española como ‘arte menor’. El aprendizaje, la sabiduría, en las culturas orales se da a través del entrenamiento al acompañar al que sabe; siendo discípulo; escuchando; repitiendo lo que se oye; dominando los proverbios y los decires y sus combinaciones; aprendiendo los elementos que constituyen fórmulas; y participando en la memoria colectiva (Ong, 1987:18).

La palabra da poder sobre las cosas, las hace cercanas y propias, las hace conocidas, las hace. Y las hace, en la oralidad, en el sentido de lo memorable: retener lo memorable para traerlo a la memoria y repetirlo incansable siguiendo pautas precisas para la repetición oral. Con temas comunes, como la gaita, el Lago, el héroe que se sobrepone a todas las dificultades, las peleas, dichos y refranes que vienen a la mente con facilidad y son escuchados por todos y por lo tanto conocidos. Repeticiones y antítesis y expresiones calificativas, alteraciones que permiten sostener la memoria oral y repetirla.

La oralidad está allí, dentro de nosotros y a nuestro alrededor, siempre dispuesta a decirse, a contarse emocionada y con pasión en cada uno de nosotros, en cada esquina, cada calle, en cada casa o plaza. Dispuesta a decir su memoria de los hechos, porque ella misma es un hecho, un acontecimiento que de tan cotidiano casi perdemos de vista. O de oído para decir mejor. Escuchar es un ejercicio para la memoria de la casa, de la calle, del pueblo, de la ciudad, de un país que se recuerde a sí mismo en su memoria.

Este lugar, el primero, del conocimiento humano que es la oralidad fue enfrentado con la escritura, ocupando ésta última el lugar de aquélla. Desde hace algunos años, a partir de los años sesenta (s. XX), se comenzó a revalorizar la oralidad como lugar del conocimiento humano, de diversidad de saberes cuya naturaleza más profunda es formar parte del cuerpo mismo de los seres humanos de cualquier cultura. Desde entonces, los diversos estudios y propuestas acerca de lo oral se han multiplicado en distintas disciplinas, incluso desde el estudio de las culturas escritas, porque la oralidad y la escritura están en «…una relación de tensión creativa recíproca, que tiene a la vez una dimensión histórica, por cuanto las sociedades con cultura escrita han surgido de tradición oral...» (Havelock, 1998:25).

IV
La historia es bastante larga y enrevesada desde que López de Gomara (1979) nos explicara:

«Díjose Venezuela porque está edificada dentro de agua y sobre peña llana, y en un lago que llaman Maracaibo, y los españoles, Nuestra Señora... En Maracaibo hay casas sobre postes de agua, que pasan barcos por debajo; allí aprendió Francisco Marín a curar con humo, soplos y bramidos.».

Mucho, pero mucho tiempo después (aunque quien sabe) alguien escribió que

«…en algún lugar de la costa caribe de Colombia yo vi a un hombre rezar una oración secreta frente a una vaca que tenía gusanos en la oreja, y vi caer los gusanos muertos mientras transcurría la oración. Aquel hombre aseguraba que podía hacer la misma cura a distancia, siempre que le hicieran la descripción del animal y le indicaran el lugar en que se encontraba.» (García Márquez, 1984:177).

Y también: «En 15 años podría convertirse el Lago de Maracaibo en agua dulce» (Ignacio De La Cruz, El Nacional, 30-9-1960).

Este Lago, tan distinto de Venecia y tan lejano, da nombre a nuestro país por el asombro en boca de Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Américo Vespucio un 24 de agosto de 1499. Desde entonces vivimos con él o contra él, según se mire; desde entonces el Lago de Maracaibo es parte de nuestro imaginario y de nuestra vida cotidiana. Y de muchos documentos oficiales, y de muchos proyectos, y de mucho petróleo y cada vez menos pescadores, de la curvina y el buche para la cola. Y de la tablita de La Chinita.

Una parte de nuestra historia, la de Latinoamérica, comienza con el asombro del conquistador, denominando o inventando lo que no conoce. Y lo escribe. Y lo denomina ‘crónica’. Entendemos que la crónica es historia, y además muy cercana a la palabra hablada, a la palabra viva y despierta del acontecimiento cotidiano pero asombroso, o puesto a serlo porque no se comprende lo que se ve o porque se le da un toque de narratividad a lo escrito contando las acciones memorables (sería interesante preguntarle a un arquitecto cómo haría hoy esos ‘postes de agua’ que según López de Gomara sostenían algunas casas en Maracaibo).
A través de la historia tratamos de comprender lo que sucede, los cambios y trastornos de nuestra vida cotidiana, de la historia de todos los días. A través de la historia intentamos comprender el sistema social, económico y político en el que vivimos, y cómo ciertos hechos, o fuerzas, o conflictos influyeron y siguen influyendo en este hoy que vivimos.

La historia como búsqueda consiste en seguir el rastro y como averiguación conduce a la verdad o a presentar algo como verdad. Y en esa historia escrita de nuestro país tengo la sensación de que hay acontecimientos, sucesos o hechos que se ocultan, quedando para el olvido, para que no sean memoria del tiempo, para que no sean historia.

Dice E.H. Carr (1970), refiriendo a B. Croce, que la historia se puede ver como selección de hechos; que toda la historia es, en cierto modo, historia contemporánea ya que consiste en ver el pasado con los ojos del presente y, en consecuencia, a partir de los problemas actuales; señala, además que no es recoger datos la tarea del historiador, sino valorar para saber qué debe ser recogido por los datos. Se trata, de cierta manera, de ‘elegir’, de practicar una manera de ‘recoger’ los hechos.

En ese triunfo de siglos de la escritura sobre la oralidad está claro que el lugar para elegir o seleccionar los hechos, que el lugar de la verificación o verdad de los hechos o acontecimientos memorables, está en la escritura: documentos oficiales o privados, cartas, libros, leyes, normas, son los lugares de los hechos como expresión del poder. Y en nuestro país la historia, la escrita, pareciera ser una sucesión de hombres empeñados en el poder y sin saber muy bien para qué.

Pensar en una historia oral, supone aceptar que nuestra cultura no es enteramente escrita, por lo menos no para la mayoría (una amiga me dijo hace un tiempo que en nuestro país algunos nos estábamos convirtiendo o pareciendo a esos monjes medievales por el dominio, cada vez más exclusivo, de la palabra escrita; no es desconocido que el analfabetismo ha crecido en los últimos años, y que el analfabetismo funcional pareciera ser materia obligatoria en nuestras escuelas). Pensar en una historia oral supone también entender que coexiste una historia oral con la historia escrita.

Los métodos de la historia oral pueden ampliar y perfeccionar la forma en que entendemos nuestra historia, al buscar y grabar la memoria oral de cada generación, con la finalidad de ampliar el espectro de los hechos o acontecimientos memorables y sus valoraciones. Se trata de darle sentido social a quien participa con su memoria en la reconstrucción y valoración de los hechos, desde la familia, la escuela, la calle, el barrio, el sector, el municipio; o los distintos oficios o actividades humanas productivas; o los cuentos e imaginaciones diversas con que el lenguaje divierte a los seres humanos.

Intuyo, sé, que hay otra historia, perdida, dispersa, contándose en las riberas de este Lago, o transitando por él. Una historia patria, una historia del Zulia y de su Lago está escondida en la memoria de los viejos, en sus cuentos y formas rítmicas ancestrales, en sus costumbres lacustres, en sus palabras y conversaciones de todos los días, en la vida de la gente corriente, esa que no sale en los libros de historia, para escribir y contar la historia de la gente de a pie. Estaríamos frente a una historia que recrearía la diversidad de puntos de vista mucho más allá que la de las fuentes escritas.

Entender, investigar y escribir esa historia oral le daría al historiador la posibilidad de ampliar las perspectivas elegibles en cuanto a la valoración de los hechos; y a la gente, a la que desarrolla su vida y sus sueños en el mundo de la oralidad, a la que hace la historia todos los días y la padece y la celebra y la sueña, otro sentido de historia a través de sus propias palabras. Un lugar para reconocerse y sentirse partícipe.

Bibliografía

• Carr, E.H. (1970) ¿Qué es la historia?. Barcelona, Editorial Seix Barral.

• Corominas, Joan (1992) Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid, Editorial Gredos.

• De La Cruz, Ignacio, En 15 años podría convertirse el Lago de Maracaibo en agua dulce. El Nacional, 30-9-1960.

• García Márquez, Gabriel, en Cultura y creación intelectual en América Latina (1984) Coordinador Pablo González Casanova. México, Siglo XXI Editores.

• Havelock, Erick, en Cultura escrita y oralidad (1998) Compiladores Olson, D. y Torrance N.. Barcelona, Editorial Gedisa.

• López de Gomara, Francisco (1979), Historia general de las Indias y vida de Hernán Cortés. Caracas, Biblioteca Ayacucho.

• Ong, Walter (1987) Oralidad y escritura. México, Fondo de Cultura Económica.

• Vega, Berta (1998) Poética del Empedrao. Maracaibo, Escuela de Letras. LUZ.

(Ensayo leído en el Encuentro de Cronistas del Lago. Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt. Comisión V Centenario del Lago de Maracaibo. Los Puertos de Altagracia, estado Zulia, julio de 1999).

AYER

por Berta99 @ 01/09/2006 - 01:32:06 am

AYER

Prólogo
Mis historias pertenecen a otro mundo, se hartan de silencios y engullen trapos viejos (¿cómo decir que era bruja?). Sin embargo salen entre mí, bailando, formando escándalo en noches propicias al canto. Esas calles que caminas entre transparencias, haciendo música en un silbido, levantando los pies para repetirte tus historias... Qué flauta he de tocar cuando acompañan los vacilantes ojos de la memoria para jugar: dime de la escoba, los monos congelados en invierno, la estufa, la banqueta, y los pies en el cubo: el cine y el puesto de la vieja: pipas envueltas en celofán... Condensar la noche, saquearla para beber: las moras en los árboles y el viejo del palo, un perro chiquito que se convierte en feroz lobo: se rompieron las tres docenas y tú llorando con la cesta y el olor... Una piscina de cuatro pisos para cabeza dura... Daniel no, Daniel es otra cosa, otra historia... Eras el caballo, después ciego, los ojos fijos para entender tu último hijo, tus entrañas renacidas sin ti, sólo el bulto en tu sien derecha... Cuántos álamos y un sólo río... Cuál su nombre... Había una canción... No recuerdo, esos mis páramos... Extiéndelo, pon una piedra en cada esquina, así no volará... Sobre todo había en un tiempo indios y vaqueros, pistolas y rifles, flechas y arcos... alguna que otra gallina se enteró cuando lo de las plumas... Había policías y ladrones y todo un barrio para armarla... Una iglesia con campanario y carmelitas descalzos... Viejas enfiladas rezando... Cuántas veces no sonó la campana a destiempo

(Todo tiempo es para que suenen, para que un caballo galope a lo lejos, acercándose)

...Botijos con agua, gallinas, harina, y palos golpeando, monedas perdidas entre bandejas: tiempo de cucañas... Los domingos saxofón: dos manos grandes y dos chiquitas mandando bajar las teclas, poniéndoles brillos y la caña desde lejos entre los labios... Los cuatro primos y los libros prohibidos, leídos en hora de mercado, tienda y bodega... Sombras que se deslizan entre las esquinas de tu cuerpo... Se comieron las natillas y no te dejaron... Los maristas, los vecinos, y los muchachos... La casa de muñecas del tío y su desván, una noche de sorpresas... Mamá chiquita cocinando renacuajos traídos en verano por el molino y la reguerilla... Ladrillos y latas entre montañas de basura en la era... Montañas de carbón entre cuatro paredes, distintas formas y el mismo color, todo por quintales, la madera y su resina savia muerta... La maquinita de hacer cigarros del tío, tabaco y papel fino con mucha paciencia, kilos de paciencia... Te aturde y volteas el rostro... Hay un barco y mil pasajeros: La gorda que se saca los dientes y tú que miras atónita repitiendo movimientos... Capitán y señora rubia hermosa... Puertos sin salida y lágrimas... Llegada y mal día que te recibe con cabellos blancos... Pensando llegar a pénjamo: verde, luego todo marrón y amarillo, primos y cuidados... Juegos, fotos y equipo de fútbol, ella mascota... Las moscas cazadas en tiempo de castigo: la cosa era tomarlas en el aire y con la rapidez del rayo ponerlas en papel y aplastarlas: la sangre y la simetría... Marqués de Santillana, recreo y botella de leche derramada... Los pensamientos en primavera en el fuerte donde fabricaban balas de plástico... Las mil y una noche escondidas...

I

Falta el aire con que calmar la sed mientras los hilos se agolpan en tu frente. Los apartas misteriosos, entre quejidos, murciélagos errantes

Y hay una mujer que te mira desnuda de espaldas echando a volar sus cometas y que hacia ella van volando los hombrecitos de las cavernas y los pájaros y que más allá de ella está el eterno contemplador que arroja serpientes por la boca que es toda su cara

En la mano está el oriente perfilado y los dedos realizan la hazaña de los encendedores, recuento de lo angustioso que se atornilla en tus senos de miel ácida, cuando sabes que en tu cabeza tejen las arañas sus alfombras.

II

Duele seguir, pero la mano inquieta te busca. Huecos que son profundidades donde bailan los duendes, sabios imbéciles que todavía abren puertas.
Caramba, bailan samba y mueven la cintura: Dixi (y Mixi), el sombrero veloz en carrera con superman, y la risa. Cualquiera cree que se trata de...Ni mamá ni papá sin gritos primarios: ¡Agua! (dirías ¿vino!)

III

Ya no quedan horas, todas se vendieron entre el tumulto que iba apagándolas (¡ni que fuesen velas!).
Y sí señor ¡se mandaron el ángel!, casi todos los años lo hacen. Paulatinamente eres sombra y no camino, el hambre no te deja retozar y te apareces loco ante los recuerdos, luces ahogadas.

IV

Y que árbol con luces, las manos que se estrellan con dorados rabiosos entre los ladridos. Casi sin voz paseas el sonido transformado la rosa. Todavía crean la inocencia y caminan entre sordos, ciegos y mudos que paladean el tiempo, golosos. También aceitunas y cebollas con los vinos: el recuerdo sentado más bajo que nadie, entre mareos. Ni que decir tiene que tomas la piedra y la estrellas contra tu frente: se rompe la piedra. Llega por detrás la máscara, te patea y te vas volando.

V

Uno que otro lazo y los vestidos desnudos. La uña, escarbatierra sin castillo y pasadizos debajo de la ciudad. Son como cinco y de pronto algunos más, no todos se conocen. Se puso vestido, zapatos y cartera nueva, pero no, era lo mismo, siempre ella, la visitadora. Con pájaros en los bolsillos, metes los dedos y te muerden dientes afilados, tigres que confundiste con pájaros ¡Eso no se hace! Por lo pronto sacas la pistola, haces disparos, después soplas, te miras y encuentras orificios insospechados. Es como para morirse de risa, sin embargo llueves y te atreves a decir que eso son historias.

Si yo te contase, no es lo mismo leer que ser leído, porque sucede que negro tiene pie grande y rodillas de boxeador (primer raun).
Ni Hans ni Gretel, porque pasa que tengo labios secos (segundo raun).
Ni oficiante de misa profana, porque duele ser monaguillo (tercer raun).
Tampoco gol ni jonrón, porque con trampas no se juega ni se habita.
Se puede seguir jugando.

VI

Hay tantos búhos en mi casa que salgo dejándolos dueños de mi desorden. Estremece los sentidos el humo, espiral que no cesa. Las campanas corresponden a un tiempo que no las deja reír. La tormenta golpea y vuelcan todos sus animales. Cae la espada sobre tu frente ¡Corte! ...la próxima escena tratará de lo improbable, aquello que sucede tras bastidores: mezcla de cal y arena cortada, rapidez insalobre, como cuando nos cosquillea esa parte secreta que se retuerce en los pies y cuyo vértice es un fantasma que practica toda clase de suertes, gitano errante, inmóvil.
¡Corte! Uñas tropezándose, equilibristas cayendo: llegaron los tragafuegos. Sobre un orinal las nalgas se desparraman porque la noche es larga y los sapos esperan afuera.

VII

Utilizándote te retuerzo, lengua infame. Extiendes tus tentáculos y profundas cavernas invaden los antiguos territorios vedados por los duendes de las altas profundidades. El tipo se encarga de convertirte: Pesadilla: Fuego chispeante entre las ventosas. Destapas cavidades mohosas después de soñar el vértigo. Sucede: Ayer mantienes en tus manos el sopor de las tardes. ¿Cómo escribir un poema de amor? Taconeas el tiempo, oscuro presentimiento, sospechoso acercarse los labios sosteniendo el miedo, incendiando cercanías para suponer que podemos convertirlos donde se retuercen los cuerpos, suplicantes carnívoros. Densa, lo extiendes para concebir la luz, respirando tu piel las lombrices tantean los poros y extraen las aguas. Les impide el tabique, músculo terrestre, llegar al centro y metales rojos ardiendo fríos.

VIII

Haces la palabra y ella te transforma, te va convenciendo de a poco y cuando te quieres dar cuenta otro clavel para oler. Cuenta que tiene un ramo en su casa, cuando pasa los huele, cuando se marchitan los bota. Y la ruta que no pasa. La A paralítica se encarama, recuerda sus tiempos de caminante: ahora queda quieta y silenciosa por largas horas. A veces se anima y sale rodando por la pendiente porque mil demonios la persiguen.

IX

Viola la palabra, encuentro sangriento y amoroso. Una forma de estar sin permanecer. Te lame el viento y tú susurras entre las hojas. Piedras lanzadas al vacío, en rojo mayor, sin orquesta. Sinfonía lánguida: ¿qué pasa? Tocan la puerta. ¡El ojo mágico! Shssssssssss. Hablen, que ha llegado el silencio.


 
 

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